Educación o Instinto

En enero de 1800 aparecíó un niño medio desnudo a las afueras de Saint Sermin, en la provincia francesa de Aveyron. Tenía la cara y las manos muy sucias, el cabello largo y muy descuidado y, pese a tener una estatura de 1,35 mts, calcularon que debía tener unos 12 años. En los últimos meses le habían descubierto trepando a los árboles y cerca de las zonas habitadas buscando comida, pero todos los intentos de atraparle habían sido en vano. 

El niño se movía como un animal y gruñía y propinaba mordiscos para zafarse de quienes intentaban darle caza. Hasta ese día que se acercó demasiado y consiguieron doblegarle.  Al comprobar que no hablaba fue tomado por sordomudo y le internaron en un centro cerca de París. Allí empezó a ocuparse de él un joven médico psiquiatra llamado Jean Marc Gaspard Itard, quien le bautizó como Víctor. Itard se tomó tan en serio su cometido de reintegrar a la sociedad a aquel joven asilvestrado que optó por llevarle con él a su casa y ponerle bajo el cuidado de su criada. Logró enseñarle algunas cosas y consiguió que su aspecto se pareciera más al de un ser humano, pero fracasó en el intento de enseñarle a hablar y a comportarse en sociedad. Pese a ello, no podemos negar la repercusión del trabajo que desarrolló Itard.

Las estrategias que utilizó con el joven Víctor le convirtieron en un precursor de la Educación Especial que, a partir de entonces, ayudaría a tantos niños diferentes. Víctor murió en 1828, a la edad aproximada de 40 años, sin haber logrado aprender a vivir en sociedad. Pasaría a la historia con la etiqueta de “el niño salvaje de Aveyron”

Su caso no es único. A lo largo de la historia se han documentado muchos otros parecidos y algunas de esas historias han llegado hasta nuestros días en forma de leyenda. Tal es el caso de la historia de Rómulo y Remo, los gemelos  a quienes se atribuye la fundación de Roma, que fueron criados por una loba. También la literatura ha recogido sucesos parecidos. Encontramos uno de ellos, quizá el más conocido, en “El libro de la Selva”, de Rudyard Kipling. Narra la historia de un niño llamado Mowgli que se cría solo en la selva, a merced de las criaturas que le quieran ayudar a sobrevivir. En el cine encontraríamos el caso de Tarzán.

Sean reales o ficticias, todas esas historias nos llevan a preguntarnos cómo aparece un niño de la nada en medio de un bosque o de una selva. Ese niño no ha llegado solo hasta allí. Ha nacido de una madre y ha tenido que ser engendrado por un padre. Y esos padres, seguramente, siempre han vivido en medio de la civilización. O alguien les ha robado a esos niños y luego ha decidido abandonarlos a su suerte o ellos mismos han querido deshacerse de ellos por no poder mantenerlos, por ejemplo.

Y esos bebés indefensos, cuyas mentes se habían gestado y habían nacido programadas para desarrollarse como seres humanos, han tenido que adaptarse a la adversidad de un medio hostil imitando las conductas de los animales con los que se iban encontrando. Sus neuronas espejo han contribuido a reprogramar las funciones de sus cerebros, haciendo prevalecer las conductas de alerta, de defensa, de ataque y de supervivencia.

En definitiva, esos niños han tenido que desprenderse de su  potencial cerebro racional, para limitarse a utilizar su cerebro más primitivo, el llamado cerebro reptiliano, aprendiendo a moverse por instinto. Cuando la fuerza que nos guía es el hambre o el miedo a ser devorado por una fiera, no hay tiempo para ejercitar la poesía, ni para establecer relaciones de afecto con los otros individuos que te vas encontrando en tu camino. Primero atacas, marcas territorio y luego, si la cosa se pone fea, sales corriendo como si huyeras del mismísimo infierno.

Cada día que logras sobrevivir es un regalo. No hay pasado ni futuro que valga. Lo único que cuenta es el presente.

Por dura que pueda parecer una vida así, Víctor debió de sentirse como pez en el agua en ella. Porque, hasta 1800, seguramente nunca conoció a otro ser humano y nunca pudo aprender a imitar a nadie.

En el desarrollo del cerebro hay períodos sensibles y períodos críticos para aprender muchas de las habilidades que consideramos básicas para vivir en sociedad. La más importante es el lenguaje. Por término medio, un niño que se cría debidamente estimulado, pronuncia su primera palabra a la edad aproximada de 1 año. Si se da el caso de un niño de 2 años o 2 años y medio que no lo ha conseguido todavía podemos hablar de un retraso simple del habla. Pero si el niño llega a cumplir 10 años y no ha habido cambios, es muy probable que no llegue a hablar nunca, porque habría pasado su período crítico. Al no haberse establecido las necesarias sinapsis para propiciar el desarrollo del habla, muchas de las neuronas de las áreas cerebrales implicadas habrán experimentado el fenómeno de la apoptosis y habrán perecido. Por eso Víctor nunca aprendió a hablar, pese a no ser sordo ni padecer ninguna afasia.

Dependemos de nuestra carga genética para empezar a andar nuestro camino en la vida, pero sin el complemento de una educación adecuada, todo ese potencial con el que nacemos no puede desarrollarse de forma óptima. Vigotsky era de la opinión de que “el desarrollo sigue al aprendizaje”. Porque todas las experiencias que vivimos, todo lo que leemos o todo lo que practicamos, consigue introducir en nuestras mentes pequeños o grandes cambios que modifican poco a poco nuestra percepción de la realidad. La mente no es un receptáculo pasivo de la información que acumulamos en ella, sino un organismo activo, capaz de construir nuevas realidades a partir de lo que percibimos.

A partir de ahí, sólo en nosotros está decidir si preferimos ser gobernados por instintos salvajes o por la inteligencia y la creatividad de la que somos capaces cuando nos lo proponemos.


Estrella Pisa
Psicóloga col. 13749

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