Búsquedas y Hallazgos
En su última novela, El regreso del Catón, Matilde Asensi
advierte a sus lectores con aquello de: “Si buscas la verdad corres el riesgo
de encontrarla”.
La vida es un proceso de búsqueda constante y la mayoría de las veces no
somos conscientes de lo que esperamos encontrar. Esa inconsciencia es,
precisamente, la que nos permite a muchos seguir activos y seguir descubriendo
cosas que a veces nos hieren terriblemente y otras, en cambio, nos devuelven la
fe en nosotros mismos y en los demás.
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Escultura "La Búsqueda", de Hernán Puelma, en el Parque Bicentenario de Vitacura, en Chile |
Hablando de personas y de sus comportamientos, siempre
hay excepciones. No es difícil encontrar personas que miden tanto las posibles
consecuencias de cada uno de sus actos que dejan que transcurran sus vidas sin
apenas estrenarlas, porque nunca se atreven a dar ese primer paso que les lleve
a tomar la primera decisión propia. Así, acaban viviendo la vida que otros
decidieron por ellas y eso siempre resulta muy triste. Porque lo mejor de la
vida es experimentarla con los propios sentidos, cuestionarla con el propio
juicio y disfrutarla dejando en libertad nuestras propias emociones. Vivir a
través de los deseos o los miedos de otro, es como ir a parar a la prisión más
terrible que la mente humana hubiese podido idear.
Vivir implica tomar decisiones y decidir siempre
comporta correr riesgos que no siempre estamos dispuestos a asumir. En parte
por ese miedo del que ya hemos hablado alguna vez. Ese miedo que paraliza, que
siembra dudas, que secuestra voluntades y que acaba por robarnos los mejores
sueños que nos atrevemos a tejer.
Hasta hace pocas décadas, la vida de una persona
corriente acostumbraba a ser bastante simple y a menudo, también bastante gris.
Viendo fotos antiguas de los años 20, 40 o 60, nos sorprende encontrarnos con
rostros de personas muy jóvenes pero con miradas serias e incluso tristes,
ataviadas con vestimentas demasiado rigurosas, como si la vida les pesara, como
si no les quedase otra opción que la de resignarse a los designios de un
destino que desconocían, pero que iban aceptando de buen grado, conformando sus
grises vidas en un encadenamiento de sucesos rutinarios que acababan minando
sus ilusiones y sus verdaderos deseos.
En esos años, los hombres corrientes luchaban por
conseguir un trabajo para toda la vida y las mujeres, cuando se casaban, se
dedicaban en cuerpo y alma al cuidado de la casa, sus maridos y su prole.
Cierto es que en todas la épocas ha habido mujeres trabajadoras y que muchas de
ellas han alcanzado grandes éxitos en el terreno laboral, pero eran minoría y
sufrían duras críticas no sólo por parte de los hombres, sino también de las
otras mujeres corrientes.
A la mayoría de las personas que vivieron esas décadas
ni se les hubiera pasado por la cabeza la idea de buscar un trabajo mejor, o de
intentar estudiar para ir más allá de la limitada realidad conocida. En parte
por el miedo a perder lo poco que tenían y, en mayor parte aún, porque cuando
se tienen 6, 8 o 10 hijos que mantener, no queda tiempo para pensar en otra
cosa que en traer dinero a casa y evitar que pasen hambre. Y así se sucedían
uno tras otro los años y las décadas y un día les acababa sorprendiendo una
vejez en la que ya no se planteaban otra cosa que ocuparse de sus problemas de
salud y esperar que los hijos les cuidasen cuando ellos ya no pudiesen hacerlo
solos.
Pero en los años 60 el mundo entero empezó a cambiar.
Hartos de tanta guerra, de tantas restricciones y de tantos ataques a la
libertad individual, muchos jóvenes americanos y europeos redescubrieron la obra
de filósofos como Herbert Marcuse, Niestche, Kant o Marx, entre otros, y
la hicieron extensible a la mayoría de sus campos de acción. Las universidades
ya no eran aquellos lugares reservados sólo a las élites, donde se
imponían los conocimientos a base de una férrea disciplina y a los sumisos
alumnos no se les daba opción a réplica. Ahora los estudiantes dejaban oír su
propia voz y ésta se propagaba como una epidemia. La literatura, la música, el
cine y la moda se hicieron eco de esas nuevas ideas y asistimos al surgimiento
de otro mundo posible: un mundo en que se hablaba de igualdad entre hombres y
mujeres y también entre negros y blancos, de derechos humanos y de libertad
sexual. La religión, tantos siglos intocable bajo tantas fórmulas de amenaza,
por fin se cuestionaba. “El Dios ha muerto y lo hemos matado nosotros” escribía
Nietzche. “La religión es el opio del pueblo” clamaban muchos, parafraseando a
Bruno Bauer, muerto en 1882.
El matrimonio o el convento dejaron de ser los únicos
destinos viables para las mujeres. Ahora eran dueñas de sí mismas y podían
decidir hacer con sus vidas lo que les viniese en gana. Aunque en España
tuvimos que esperar hasta la muerte de Franco para conseguir que esos derechos
se reconociesen legalmente.
El movimiento hippie, The Beatles o la minifalda son
algunos de los iconos que marcaron aquella época. Y estalló la llamada
Revolución del Mayo del 68, en la Sorbona de París, con Daniel
Cohn-Bendit a la cabeza. “Queremos el mundo y lo queremos ahora” era uno
de sus lemas. Algunos años más tarde publicó el libro “La revolución y
nosotros, que la quisimos tanto”, en el que detallaba cómo se sucedieron los
hechos y recogía muchas entrevistas que había realizado algunos años
después a los protagonistas de aquellos días. En ese libro se dejan
entrever los cambios ideológicos que experimentaron esas personas con el paso
del tiempo. Da a entender que la revolución es cosa de jóvenes, por su
inconsciencia, porque no se paran a medir las consecuencias de sus actos y
actúan por impulsividad. Después la realidad ya se encarga de recortarles las
alas y de volverles a plantar los pies en el suelo. Esa era la opinión de Corn
Bendit.
De la manera cómo ha evolucionado todo y cómo se han
transformado nuestras vidas corrientes desde entonces, todo apunta a que, si de
verdad nos lo proponemos, sea cual sea la edad que tengamos, podemos seguir
cambiando el mundo. En los últimos años hemos sido testigos de la fuerza que
puede tener el pueblo cuando decide plantarse en firme ante ciertos abusos de
sus gobernantes. La “Primavera árabe" o el fenómeno del “15-M” en España
vendrían a ser dos ejemplos de ello. Otro ejemplo serían las recogidas de
firmas en plataformas como Avaaz contra todo tipo de injusticias que se dan por
todo el planeta. Cuando nos permitimos perder el miedo y actuar de acuerdo con
lo que sentimos, tenemos más poder del que creemos. Muchas veces nos sentiremos
como un David luchando contra un Goliad, pero aunque sólo ganemos pequeñísimas
batallas, vale mucho la pena seguir librándolas, porque es nuestra opción de
cambio. Permanecer callados equivale a convertirnos en cómplices de las
injusticias que presenciamos y, cuántos más cómplices obtengan los que ostentan
el poder, más difícil será conseguir que cambien de opinión. ¿Hubiese llegado
Hitler tan lejos si no hubiese tenido tantos cobardes a su alrededor? La
respuesta es NO. Un solo hombre no puede llevar a cabo la barbarie que el
provocó. Si lo consiguió fue gracias a la mucha gente que decidió mirar hacia
otro lado. Esos son los verdaderos culpables de todo: los que no se atreven a
mover un dedo por evitar lo que ni ellos aprueban.
Si nuestros antepasados los homínidos no se hubiesen
arriesgado un día a friccionar dos piedras, nunca habrían descubierto el fuego
y seguiríamos siendo nómadas y alimentándonos de bayas y de carne cruda.
Tampoco habría avanzado tanto la medicina si ningún médico se hubiese atrevido
nunca a diseccionar un cadáver para ver más allá de los síntomas y los signos
externos de cada enfermedad. Hay que recordar que, hasta no hace tanto tiempo,
los médicos que eran descubiertos practicando la nigromancia eran acusados de
herejía y quemados en la hoguera por la Inquisición. El propio Miquel Servet
corrió esa misma suerte por descubrir la circulación de la sangre. ¿Nos
imaginamos, por un momento, cómo sería la medicina hoy en día si no hubieran
existido Hipócrates, Avicena, Averroes, Servet, Fleming o Ramón y Cajal? Todos
ellos fueron grandes e incansables buscadores, porque necesitaban ir un paso
más allá para hallar más conocimiento sobre la ciencia que les apasionaba.
Si hoy hablamos con tanta facilidad de un mundo
globalizado, no podemos olvidarnos de personajes como Marco Polo, Cristóbal
Colón o Magallanes, por enumerar sólo a unos pocos. Aquellos aventureros
tendieron puentes entre diferentes abismos para descubrir qué había al otro
lado. Cierto es, también, que aquellos descubrimientos no siempre tuvieron
consecuencias positivas para las personas que vivían en el lado que no
conocíamos. Tal es el caso del descubrimiento de América. Colón y los
conquistadores que le siguieron hicieron cosas terribles con las poblaciones
nativas de aquellas tierras. Les sometieron, les asesinaron, se adueñaron de
sus mujeres, les impusieron su religión y sus costumbres y les acabaron robando
todo cuanto tenían. Siglos más tarde leeríamos en los libros de textos del
colegio que en el imperio de España nunca se ponía el sol porque abarcaba
buena parte del mundo conocido. Visto con los ojos de ahora, aquel imperio, más
que admiración inspira mucha vergüenza y mucha rabia. Exactamente lo mismo que
nos inspira Hitler con su delirio de dominar Europa sembrándola de campos de
concentración y de muerte gratuita.
Todos los avances que hemos experimentado a lo largo
de la historia de los humanos, se han debido al atrevimiento de alguno de
ellos. Un primer paso que ha llevado a que otros le imitasen y diesen otro
paso. El miedo nunca ha sido un buen aliado en el viaje a ninguna parte. Si
pretendemos hallar una respuesta, primero hemos de arriesgarnos a formular la
pregunta. A veces es más fácil permanecer callados, seguir alimentando la duda
y dejar pasar el tiempo. Quizá porque todos tenemos grabado a fuego aquella
máxima que alguien nos enseñó de pequeños: “el tiempo todo lo cura”. Pero
la realidad es que nos engañaron con ella, porque el tiempo por sí solo, lo
único que hace es enquistar los problemas y agrandar las heridas. Y, en el
momento en que menos lo esperamos, el problema vuelve a aparecer y la herida
vuelve a sangrar.
Si una cosa tiene la vida es que es muy caprichosa. Basta que
temamos algo para que se empeñe en enfrentarnos a ello continuamente. “Tropecé
de nuevo y con la misma piedra” cantaba hace ya unos años Julio Iglesias. Pero
lo que no nos cuentan es que la culpa no es de la piedra. La culpa es nuestra
porque no dejamos de pensar en ella. Porque no nos abrimos a otras
posibilidades. Porque nos pasamos la vida dándole vueltas a los mismos
problemas, sin atrevernos a arrancarlos de raíz y olvidarnos de ellos para
siempre.
Si de verdad queremos cambiar nuestras vidas, empecemos por dejar de
hacer lo mismo que hacemos siempre. El cambio siempre tiene que empezar por uno
mismo. Lo importante no es lo que encontremos al final del camino que
pretendamos recorrer; lo verdaderamente importante es el proceso de búsqueda,
es cada paso andado, cada persona que en él hayamos encontrado y lo que ésta
nos haya podido aportar. A veces lo que encontramos es un simple reflejo de lo
que somos realmente. Si estamos tristes, sólo encontraremos tristeza. Si
estamos enfadados, sólo encontraremos más enfado. En cambio, si nos abrimos
más, si nos dejamos llevar por la ilusión y la curiosidad, ofreciendo sonrisas
y extendiendo los brazos hacia lo que esté por venir, seguro que al final del
camino encontraremos lo mismo que vayamos dispuestos a ofrecer.
Estrella Pisa
Psicóloga col. 13749
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