Entre Dioses y Demonios

Mientras que en los países tradicionalmente católicos parece emerger con fuerza el ateísmo y la mayoría de la gente ha dejado de contar con la iglesia para celebrar los momentos más importantes de su vida, en los países de religión musulmana estamos asistiendo a un escenario completamente opuesto.
Parece que, cuanto más nos alejamos nosotros de Dios, más se empeñan en acercársele ellos.

Muchas parroquias y conventos han tenido que recurrir a importar a sus nuevos sacerdotes o monjes y monjas de otros países porque en España llevamos años padeciendo una palpable falta de vocación religiosa. En cambio, nuestros vecinos musulmanes no paran de solicitar permisos por toda nuestra geografía para levantar nuevas mezquitas, a las que acuden en masa a rezar todos los viernes ataviados con sus peculiares hábitos.


Los españoles nos hemos acostumbrado a convertir nuestras tradicionales fiestas religiosas en estupendas oportunidades de disfrutar de unas vacaciones y, siempre que nos los permite el bolsillo, intentamos desconectar viajando a algún rincón idílico que nos permita olvidar la rutina de todos los días y nos aleje de cualquier sacrificio. Así, al tiempo que las ciudades más emblemáticas de España se llenan de extranjeros siguiendo las procesiones de Semana Santa, gran parte de los españoles que se pueden permitir no trabajar esa semana, prefieren darse el primer chapuzón en cualquier playa. Por supuesto, a casi nadie se le ocurre castigarse con ayunos de cuaresma ni con penitencias de ninguna otra índole. Y en Navidad, la mayoría acabamos dejándonos arrastrar por la fiebre consumista y los excesos de todo tipo. Nada que ver con lo que nos dictarían una escrituras supuestamente sagradas.

A diferencia nuestra, los musulmanes se muestran más temerosos de su Dios y acatan los que, supuestamente, son sus designios. Muchos de ellos rezan cinco veces al día todos los días del año, incluso cuando están trabajando. Muchas empresas tienen habilitadas salas para que ellos puedan cumplir con sus deberes religiosos en diferentes descansos de su jornada laboral. En época de Ramadán, ayunan desde que nace el sol hasta que se pone.

Las mujeres se cubren el pelo con velos y muchas de ellas no se atreven a dar un paso sin el previo consentimiento de sus maridos. La mayoría se casan muy jóvenes y acaban teniendo varios hijos. Hijos que acaban creciendo en medio de una cultura occidental, pero que son educados en los principios del Islam y se sienten continuamente arropados por toda su familia. Familias que, también a diferencia de las nuestras, son muy extensas y cuya convivencia es muy estrecha. Cuanto más independientes nos volvemos nosotros, más piña parecen hacer ellos.

Mientras ellos les inculcan sus valores a sus niños, nosotros dejamos a los nuestros al cuidado de extraños  o expuestos a demasiadas horas de televisión y de internet
En el poco tiempo que conseguimos estar con ellos, nos dedicamos a malcriarlos dándoles todos los caprichos en un equívoco intento de compensar el poco tiempo que podemos dedicarles. Porque el trabajo, los estudios, las tareas domésticas o, lamentablente, el whatsapp siempre acaban siendo más prioritarios.


Pese a las muchas diferencias entre esos dos abismos en la manera de conducirse en una misma sociedad y en un mismo país, hemos de reconocer que la convivencia es pacífica y que las dos culturas se enriquecen y se benefician mutuamente.
Al margen de las creencias que defienda cada una y, aun en el supuesto caso de que Dios exista de verdad, ambos dioses no deben ser tan diferentes.

Entre la Biblia de los cristianos, el Corán de los musulmanes y la Torà de los judíos se dan tantas similitudes que, es más que posible, que todos esos libros estén describiendo al mismo Dios y al mismo Diablo. 
Porque, si realmente los seres humanos fuimos creados bajo su imagen y semejanza, y teniendo en cuenta que todos tenemos un lado oscuro, no podemos obviar que ese Dios en el que occidente parece haber dejado de creer y al que los musulmanes siguen adorando tan fervientemente, también debe tener una cara B.

Ese lado oscuro lo mostramos cada vez que nos dejamos llevar por la intolerancia, por la manía de cerrarnos en banda y no querer ver ni comprender lo diferente, aquello que desconocemos y no nos atrevemos a empezar a conocer. Aparece también cuando alguien se empeña en seguir sus ideas de forma literal y llevarlas hasta sus últimas consecuencias, dejando demasiadas muertos a su paso.

La historia está plagada de esos fanáticos que, supuestamente en nombre de un Dios al que no supieron interpretar adecuadamente, sembraron de terror la mayoría de los siglos por los que la humanidad ha transitado. El Imperio Romano, los piratas normandos o la Santa Inquisición serían algunos ejemplos de sociedades radicales y demoníacas que regaron de sangre inocente toda Europa. Personajes como Hitler, Stalin o Franco nos resultan bastante más cercanos en el tiempo, pero igual de temibles y de aborrecibles. Fanáticos que dirigieron su oscura fe contra sus propios pueblos, condenándoles a soportar la barbarie y la injusticia más absolutas.

En los últimos tiempos, las muestras de fanatismo han emergido en el lado musulmán. Un fanatismo que ha hecho temblar los pilares de la seguridad en occidente, obligándonos a replantearnos demasiadas cosas. Atentados en EEUU, en España, en Inglaterra, en Francia o en Bélgica han acabado provocando reacciones de alarma entre la población que llegan a suscitar muestras de rechazo hacia los musulmanes en general. Esas reacciones son del todo inconscientes e injustificadas. Porque el Islam no tiene nada que ver con el terrorismo, del mismo modo que el cristianismo nada tenía que ver con la Inquisición. Cuatro descerebrados con barba armados de explosivos o cuatro figuras demoníacas ataviadas con negras sotanas y armados con biblias no pueden erigirse en representantes de ningún dios. ¿De verdad alguien puede creerse sus disparatados discursos? Seguramente nadie, pero el miedo  siempre obliga a obedecer y la obediencia siempre nos acaba convirtiendo en cómplices.

Todas las ideas pueden ser buenas, siempre que no se lleven a ninguno de sus dos extremos. Uno es libre de elegir creer o no creer, practicar una religión o no practicarla. Pero el responsable último de sus actos siempre será el propio individuo. Poner bombas en nombre de Alá o ajusticiar a un preso por medio de garrote vil en medio de la plaza pública no tienen nada que ver con las supuestas leyes divinas. Más bien son actos de venganza personal, demostraciones muy cobardes de la fuerza que les confiere portar un arma o llevar un uniforme. 

No culpemos a Dios ni al Diablo de nuestras debilidades.
Nos guste reconocerlo o no, cada uno de nosotros somos el cielo al que aspiramos y el infierno del que huimos.


Estrella Pisa
Psicóloga col. 13749

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