Opiniones y Críticas
Hace ya unos años, en una entrevista que le hicieron
para la revista Interviú, Pedro Ruiz dejó escapar la frase: “La peor desgracia
de un hombre es gustar a quienes a él no le gustan”. Podría parecer una frase
como otra cualquiera que no tendría más trascendencia que la reflexión
que pudiera causar en los lectores de la entrevista en el preciso momento de
leerla, para acabar olvidándola después. Pero el caso es que en esa sencilla
frase se esconde la clave para entender muchos de los encuentros y
desencuentros que protagonizamos las personas cuando nos relacionamos con otras
personas.
Nos han enseñado a vivir con el qué dirán o qué
pensarán de nosotros los demás y, sin darnos cuenta, muchas veces acabamos
condicionando gran parte de nuestro día a día al impacto que podamos causar en
esos otros que, supuestamente, nos tendrían que dar su aprobación en todo lo
que hagamos. Como si ellos no tuviesen bastante con gestionar sus propias
vidas.
A veces hacemos cosas que no nos acaban de convencer o
dejamos de hacer otras que nos encantan, simplemente porque sospechamos que es
lo que otros esperan que hagamos o que dejemos de hacer. Y acabamos culpando a
esos otros de los resultados de esas decisiones que tomamos “contra nuestra
propia voluntad”. ¿De verdad son responsables los otros de lo que nos pasa o no
nos pasa?
¿De verdad creemos que estamos en sus manos y que, si
seguimos nuestro propio camino, nos van a rechazar y criticar hasta llegar a
hundir nuestra buena reputación?
¿De verdad pensamos que es posible tomarse la libertad
de ser uno mismo y llegar a gustarle a todo el mundo?
¿De qué sirve querer caerle bien a quién nos cae
fatal? ¿Podemos sentirnos orgullosos de que alguien alabe nuestras ideas si
nosotros detestamos las suyas?
Siempre que nos mostremos tal y como somos
encontraremos a nuestro paso personas que conectarán rápidamente con nosotros y
harán posible un intercambio de impresiones y de experiencias que beneficiarán
a las dos partes. Pero, al mismo tiempo, también encontraremos detractores que
procurarán alejarse de nosotros, nos criticarán, nos cuestionarán e incluso podrán
llegar a odiarnos sin que previamente les hayamos hecho nada. Basta con que
piensen de modo muy diferente al nuestro o con que no soporten nuestro modo de
conducirnos por la vida.
Tan negativo es emborracharse con los halagos de las
personas que nos apoyan, como lo es obsesionarse con las opiniones negativas
que divulgan sobre nosotros aquellos que no nos aprueban. Porque la crítica
siempre resulta muy relativa, al estar condicionada al influjo de demasiadas
variables que raras veces se pueden controlar.
El gran Rudyard Kipling, en su famoso poema “Si” ya
decía aquello de:
Si puedes hablar a las masas y
conservar tu virtud
o caminar junto a reyes, y no distanciarte de los demás. Si ni amigos ni enemigos pueden herirte. Si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado. Si puedes llenar el inexorable minuto, con sesenta segundos que valieron la pena recorrer... |
If you can
talk with crowds and keep your virtue,
' Or walk with Kings - nor lose the common touch, if neither foes nor loving friends can hurt you, If all men count with you, but none too much; If you can fill the unforgiving minute With sixty seconds' worth of distance run, |
|
Tuya es la Tierra y todo lo que hay
en ella,
|
Yours is
the Earth and everything that's in it,
|
|
y lo que es más: serás un hombre,
hijo mío.
|
And - which
is more - you'll be a Man, my son!
|
Todos opinamos libremente de todos los temas que se
generan en medio de la realidad de la que somos meros átomos, que también son
objeto de las críticas de los otros millones de átomos como nosotros que nos
rodean. Dicen que medio mundo critica al otro medio y viceversa. Pero
esas críticas no deberían condicionarnos ni tampoco condicionar a las personas
a las que criticamos nosotros. Deberíamos afianzar más nuestra
autoconfianza y hacernos con las riendas de nuestras propias vidas, porque sólo
de nosotros dependen y somos los únicos que podemos decidir lo que vamos a
acabar haciendo en ellas.
Dejemos de preocuparnos por esas opiniones ajenas, que
a veces pueden esconder miedos, envidias, recelos o, simplemente, dosis muy
elevadas de inseguridad. Ocupémonos de nosotros, de lo que verdaderamente
sentimos y queremos. De lo que creemos, de lo que sabemos y de lo que queremos
seguir aprendiendo, descubriendo o conquistando.
Dejemos de seguir soñando con la libertad, y
atrevámonos a empezar a preparar a nuestra mente para abrirse ante ella y para
dejarla entrar. Ser libre implica tener la valentía de empezar a ser nosotros
mismos y de comportarnos en todo momento como realmente somos y queremos seguir
siendo. A veces puede conllevar la incomprensión de familiares y amigos, el
abandono de ciertas personas que hasta ese momento nos eran muy afines, la
pérdida de un determinado estatus social o incluso de algún empleo. Pero todo
ese sacrificio merece la pena si el resultado es mirarnos al espejo y ver que
por fin somos la persona que siempre habíamos querido ser y que hasta ahora no
nos habíamos atrevido a dejar que aflorase.
Seamos quienes seamos y hagamos lo que hagamos,
siempre habrá quienes nos criticarán. La crítica va unida inexorablemente a la
condición de ser persona. En el mundo virtual en que muchos hemos acabado
sucumbiendo a sus encantos, todos estamos expuestos continuamente a la crítica.
De alguna u otra forma, la provocamos cada vez que publicamos algo en nuestros
perfiles. Buscamos la aprobación de los otros y las redes sociales nos
proporcionan la posibilidad de tratar de obtenerla de la manera más inmediata,
aunque no siempre nos llegue a satisfacer del modo en que habríamos esperado.
No siempre estamos dispuestos a encajar bien la
llamada crítica constructiva ni a aceptar de buen grado que nuestra visión de
las cosas y nuestra concepción de la vida pueden estar equivocadas o, como
mínimo, pueden distar mucho de la forma cómo conciben el mundo los demás.
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Una de las frases más emblemáticas de Steve Jobs |
Nadie puede creerse dueño absoluto de la razón ni
tampoco puede considerarse falto de ella. Todos tenemos y defendemos nuestra
parcela de razón relativa, por diferente que pueda parecer de la razón relativa
de los demás. Pero no debemos olvidar que esos demás tienen nuestro mismo
derecho a defender la suya.
La base de las relaciones humanas debe cimentarse en
el respeto y en la tolerancia. Y esa base sólo seremos capaces de implantarla
si desarrollamos la empatía suficiente para ponernos bajo la piel del otro y
nos llegamos a sentir capaces de sentir, de ver, de captar lo que él siente,
aunque nuestra visión diferente de las cosas no nos permita comprender del todo
eso que sentimos, que vemos o que captamos mientras nos hallamos bajo la piel
de ese otro.
Estrella Pisa
Psicóloga col. 13749
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