Leyendo para Ser Libres

Se ha escrito y se ha leído mucho desde que los primeros escribas egipcios empezaron a plasmar sus geroglíficos en papiros que acabaron ocupando los estantes de la Biblioteca de Alejandría o los historiadores y filósofos griegos crearan las obras que han llegado hasta nuestros días, consiguiendo que sus temáticas sigan protagonizando muchos debates sobre las cuestiones que más han preocupado al ser humano de todos los tiempos. Muchos pueblos empezaron grabando sus pensamientos en tablillas de barro que han ido apareciendo en muchas de las excavaciones arqueológicas que se han ido realizando por todos los rincones del planeta en las últimas décadas.
Jeroglíficos inscritos en el obelisco de Hatshepsut erigido en el templo de Karnak.
 Fuente: Wikipedia.

La escritura ha sido, sin duda, uno de los grandes avances de la humanidad. Pero de nada sirve que en todas las épocas históricas de las que antropólogos, historiadores o arqueólogos hayan sido capaces de hallar indicios de esa escritura, hayan existido cronistas de esa época que hayan logrado plasmar su día a día, sus preocupaciones o sus teorías en el relieve de una piedra o en las páginas casi ilegibles de un antiquísimo códice, si paralelamente a ellos no han discurrido los lectores que les han podido ayudar a difundir sus mensajes.

Cuando se habla de pueblos en los que la gente está sometida a un régimen dictatorial, lo primero que suele prohibirse o condenarse es el acceso a los libros. Ahora también está en el punto de mira de países como China el acceso a internet, la gran enciclopedia virtual en la que podemos encontrar información de todo de forma instantánea, aunque matizando que hay que saber qué y dónde buscar exactamente para no toparnos con sorpresas que, más que instruirnos, nos puedan hacer quedar como unos imbéciles.

Para los más ignorantes, los libros siempre han estado envueltos en un halo de misterio que automáticamente les ha llevado a desconfiar de sus contenidos. El dicho popular “El saber no ocupa lugar” no casa bien con ese tipo de personas que se han habituado a elegir el camino fácil  porque nunca han estado por la labor de complicarse la vida.



En el año 415 d.C., en la antigua Alejandría, los cristianos no le perdonaron a Hipatia que fuese una erudita y que estuviese al frente de la biblioteca más famosa del mundo, una biblioteca que ellos se encargaron de hacer desaparecer, porque seguramente les daba miedo que las generaciones venideras heredasen todo el saber que se acumulaba entre sus papiros. También torturaron salvajemente a Hipatia hasta su muerte. Esos que se llamaban cristianos y que actuaban dirigidos por el obispo Cirilo ¿eran los mismos que seguían a Jesucristo? ¿De verdad creían que su líder aprobaría unos actos tan aberrantes? Ese cristianismo es el mismo que sigue dándoles lecciones de moral a los niños que se preparan para la 1ª comunión mediante las clases de catecismo? Si queremos que los niños sepan la verdad, tengamos el valor de contarles todas las versiones: las de los vencedores, pero también las de los vencidos en cada contienda.  Lo cierto es que, con la muerte de Hipatia y la destrucción de la biblioteca de Alejandría, empezó la decadencia de un mundo que hasta entonces había brillado con luz propia: la luz de sus pensadores, de sus poetas, de sus astrónomos, de sus matemáticos y de sus científicos. Un manto de ostracismo y de miedo empezó a expandirse dando paso a la que fue, quizá, la época más oscura, violenta y sangrienta de la historia del mundo occidental: el Medievo.

Durante los siglos de la Inquisición, mucha gente perdió la vida sólo por el hecho de haber leído algún libro de los denominados prohibidos por una élite eclesiástica a la que no le interesaba que las gentes sencillas despertaran de su realidad de siervos y empezaran a hacerse preguntas y a descubrir otras realidades posibles. Muchas de esas personas que acabaron quemadas en tantas hogueras fueron mujeres, cuyo único delito fue querer aprender más del mundo y de sí mismas. Las deshonraron y las acusaron de brujería, cuando los únicos diablos que campaban a sus anchas por el mundo en aquellos años eran aquellos curas que se permitían el cinismo de torturar y matar “en nombre de Dios”. ¿Qué clase de Dios podría ser tan monstruoso?

El caso es que sólo podían tener acceso a la escritura o a la lectura los hombres de iglesia y algunos hombres de ciencia, como los médicos, aunque con demasiadas restricciones. Como había pasado en los inicios del segundo milenio, en que grandes médicos como Avicena vieron peligrar sus vidas por querer investigar más sobre las enfermedades practicando autopsias, tal como ya se había hecho muchos siglos antes en Egipto y en otros lugares, la autoridad eclesiástica continuaba acusando de nigrománticos a quienes osaban ir más allá de las prácticas autorizadas. En la novela “El médico” Noah Gordon relata la historia de un joven que decide estudiar medicina pese a todos las dificultades que se va encontrando en el camino y que llega a conocer a Avicena y a ser su alumno. El autor nos retrata una sociedad de la época que deja mucho que desear y en la que las personas importan menos que nada.

Rosa Montero en su novela “Historia del Rey transparente” también nos pone la piel de gallina a través de unos personajes que viven y sufren en esa época inquisitiva en que las personas tenían prohibido soñar y el único destino permitido de la mayoría de los libros que merecerían ser leídos eran las llamas de las hogueras.


Mucho más recientemente, en la Alemania de 1933, cuando Hitler subió al poder, una de las primeras cosas que hizo fue ordenar que se quemaran todos los libros que, bajo su deleznable criterio, podían suponer una amenaza. La novela “La ladrona de libros” recrea una de esas quemas de libros y cómo la protagonista acaba rescatando del fuego un libro que, ironías de la vida, resulta ser “Mi lucha”, del propio Hitler.

Justamente ese libro, cuya reedición había estado prohibida en Alemania hasta 2015, ha sido un éxito de ventas, pese a su carácter profundamente incendiario y antisemita. Habrá quienes piensen que nunca debería haberse permitido esa reedición y estarán en todo su derecho al pensarlo. Pero el caso es que no debemos caer en los mismos errores de quienes se llevaron por delante tanta cultura y tantas vidas humanas. Todos los libros merecen ser leídos, porque todos encierran mensajes que nos pueden ayudar a avanzar en la vida y a comprender muchas de las cosas que aún no comprendemos. ¿Qué nos puede enseñar un libro de Hitler? Mucho más de lo que, a priori, nos imaginamos. Principalmente, nos puede enseñar los errores en los que no deberíamos incurrir.

De ese libro se podrían extraer muchas frases que nos darían mucho que pensar. Hablando hace unos días con un conocido ruso de la importancia de leer y de formarnos un criterio propio de lo que sucede a nuestro alrededor,  comentábamos una de esas frases:

“Qué mejor suerte que gobernar a hombres que no piensan”. 

Si comparamos esa frase con lo que le pasó a Hipatia de Alejandría y con lo que sufrieron las personas que fueron perseguidas y ajusticiadas por los fanáticos de la Inquisición, comprendemos que los siglos se suceden, pero seguimos cayendo en los mismos errores y en las mismas atrocidades.
Todo se limita siempre a lo mismo: a cortar alas, a no permitir que la gente piense, a prohibirles que sueñen, a imponerles que sigan siendo siervos obedientes. Porque un pueblo instruido, informado, leído… es un pueblo que siempre resulta más difícil de convencer y, por tanto, de dominar.

Para criticar algo, primero hay que conocerlo con todos sus pros y sus contras. De ahí la importancia de no juzgar por las primeras impresiones o por rumores de terceras personas que no siempre están bien fundamentados. Así es como nacen los prejuicios que sólo sirven para hacernos a todos más ignorantes y más egocéntricos.

Lo que sentimos y lo que pensamos lo tendríamos que sentir y pensar por nosotros mismos, después de haber experimentado ciertas sensaciones, ciertos hechos o ciertos descubrimientos con nuestros propios sentidos.  Vivir a través de los ojos o de los oídos de otros nunca es muy recomendable. Porque hace que los individuos se diluyan en la masa y las masas, cuando se descontrolan, acaban perdiendo el sentido común, la ética, la moral y todas las buenas formas que se esperan de una sociedad democrática.

Estamos en el siglo XXI y acostumbramos a definirnos como personas libres de decidir lo que queremos y lo que no queremos en nuestras vidas, pero nos equivocamos y no nos imaginamos hasta qué punto. Porque, aunque ya no estemos bajo el yugo de la Inquisición ni de los grandes dictadores del siglo pasado, seguimos expuestos a la manipulación de los medios de comunicación, de los intereses de quienes nos proveen de los servicios o los productos que necesitamos en nuestro día a día, de los grupos a los que pertenecemos, de las redes sociales en las que interactuamos o de la opinión de la gente que admiramos ciegamente sin atrevernos a cuestionar lo que nos cuenta.

En este siglo XXI y en esta España que se comunica mayoritariamente a través del Whatssap, sigue habiendo muchísima gente que se jacta de no haber leído un libro en su vida. Muchos porque tuvieron que ponerse a trabajar siendo apenas unos niños y nunca vieron un libro en sus casas porque sus padres  no sabían leer y no les inculcaron a ellos la importancia de los libros. Otros porque en sus familias sólo se veía bien que leyeran los hombres (las llamadas novelas del Oeste y otras  publicaciones parecidas). Las mujeres que se atrevían a sentarse a leer eran amonestadas por sus propias madres, que les insistían en que hicieran algo “de más provecho”, como bordar iniciales en sábanas que serían para su ajuar o labores de ganchillo para adornar un futuro hogar. Pero los casos más tristes son los de los jóvenes que apenas han alcanzado los 20 años y no han acabado ni la secundaria obligatoria. Son los llamados ni-nis, los condenados a ser siervos de por vida, si alguien no hace nada para que abran antes los ojos y se decidan a coger las riendas de sus propias vidas.

Que hace 60 años alguien no leyese lo podemos entender: plena dictadura, familias con demasiados hijos que mantener, escasos ingresos y necesidades mucho más importantes que satisfacer. Pero en un mundo como el actual, en el que cualquiera dispone de acceso a internet y que tenemos la suerte de tener tantas bibliotecas, tantos cursos online gratuitos de cualquier temática y tantos otros recursos públicos de los que podemos disfrutar, no podemos aceptar que haya tanta gente, y sobre todo tantos jóvenes, que no lean y, en cambio, se dejen embobar por tanta televisión basura con la que son bombardeados diariamente.

Decía hace unas semanas Fernando Sánchez Dragó en una entrevista con Risto Mejide que en España se lee muchísimo, pero que el problema es que los que leemos somos siempre los mismos.

Tenía razón. Hay quienes leen muchísimo. Pero, por desgracia, sigue habiendo quienes no han leído nunca nada y lo afirman riéndose, como si admitir que se es un ignorante le pudiera hacer gracia a alguien. Más bien, le daría ganas de llorar a toda persona que tenga dos dedos de frente, salvo a quienes ostentan los poderes que nos gobiernan. Porque a ellos ya les viene bien la idea de dirigir un rebaño de borregos en lugar de un país de personas dueñas de sí mismas y de su tiempo.

Leer nos puede hacer más libres. En cambio, de programas como los que abundan en ciertas cadenas de televisión que consiguen máxima audiencia, lo único que podemos aprender es a ser más siervos, más esclavos de nuestra propia ignorancia.

La libertad, lejos de ser una quimera, es tomar conciencia de quien uno es y decidir cada paso que sigue dando y el precio que está dispuesto a pagar por darlo.  No podemos saber quiénes somos ni hacia dónde queremos ir si no conocemos y aceptamos nuestra raíz, la historia que nos sostiene.

En muchas familias de este país se hizo  una especie de pacto de silencio después de la guerra civil y se optó por no hablar nunca más del tema, quizá porque las heridas dolían demasiado o porque la vergüenza de haber defendido al bando equivocado pesaba más de lo que podían soportar. Pero aquel silencio que tanto recuerda al ostracismo de la época medieval, privó a sus nuevas generaciones de demasiadas respuestas, que casi 80 años después siguen buscando. Eso explica por qué seguimos hablando de la Guerra civil y dividiendo el país en dos, como en tiempos de Machado.

Estos días se está publicitando la última novela de Javier Cercas, “El monarca de las sombras”. Un libro valiente, igual que en su día lo fue “Soldados de Salamina”. No se trata de otra novela sobre la guerra civil al uso, sino de un ejercicio de ponerse en la piel del otro y de intentar entenderlo. Que no equivale a justificarlo ni a compartir sus ideas, sino simplemente de ver las cosas como el otro las vio, de llevarnos a sus mismos supuestos engaños y de aceptar que, nos gusten más o nos gusten menos, nuestros antepasados fueron quienes fueron y nosotros no tenemos que cargar con sus culpas, pero sí responsabilizarnos de ellas y hacer lo posible por no repetir nosotros sus mismos errores.

Javier Cercas coincide con Pilar Rahola en que, para combatir cualquier tipo de amenaza, primero tenemos que intentar entenderla. Para llegar a entender algo, lo que no podemos hacer nunca es cerrar los ojos ni negarnos a conocer lo que de antemano nos han advertido otros que no nos conviene conocer.

Decidamos nosotros lo que nos conviene o no, lo que leemos o no, lo que vivimos o no.


Estrella Pisa
Psicóloga col 13749

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