Piedras y Memorias
Si las personas estamos hechas de sangre y
tiempo, la historia está hecha de piedras y memorias. Las piedras con las que
los hombres han ido construyendo sus casas y sus templos, pero también sus
murallas para protegerse y sus puentes para conquistar más mundos. Y la memoria
que cada uno de esos hombres ha ido guardando y transmitiendo a lo largo de las
generaciones que le han ido sucediendo, en forma de leyendas, crónicas o textos
escritos que han desafiado las inclemencias del tiempo y la maledicencia de
tantos hombres que habrían querido destruirlos.
![]() |
El Partenón, en la Acrópolis de Atenas. Su construcción se financió con el dinero recaudado por el pueblo para sufragar la guerra contra los Persas. |
En nuestro día a día, cuando nos sentimos
rodeados de aparatos electrónicos por todas partes y gozamos de una serie de
comodidades en nuestros centros de trabajo y en nuestros hogares que nada
tienen que ver con las condiciones que tuvieron que soportar nuestros padres o
abuelos en su tiempo, nos resultaría muy difícil encajar la idea de tener que
desprendernos de todo eso que disfrutamos para empezar a vivir como vivieron
nuestros abuelos, o las generaciones que les precedieron a ellos.
Estamos tan acostumbrados a tenerlo todo tan
al alcance de la mano, a encontrar soluciones para casi todo gracias a teclear
una palabra en internet o marcar un número de teléfono, que no nos imaginamos
cómo vivir sin todos esos avances. Pero, al mismo tiempo, no paramos de
quejarnos de nuestra precariedad laboral, de que no llegamos a final de mes, de
que sólo vivimos para trabajar, de que no podemos permitirnos ni un capricho.
¿Alguien se ha preguntado si nuestros padres,
que vivieron otro tiempo, con otros gobiernos, con otras políticas de empleo y
otro sistema de impuestos, se sintieron mejor que nosotros mientras duró su
vida laboral?
Ya no hablemos de nuestros abuelos o
bisabuelos, ni pensemos en aquellos pobres jóvenes a los que la guerra civil
les segó la vida con 20, con 18 o incluso con 16 años. Porque no faltaron
ingenuos que mintieron en su edad para poder alistarse y acabaron muriendo por
una Patria que no se lo merecía, porque estaba incumpliendo con la primera de
sus obligaciones: la de proteger a sus niños.
Volviendo al presente, no podemos obviar que
la precariedad laboral que padecemos en nuestro país es un hecho, para
vergüenza de todos. En algunos sectores, gracias al fenómeno de la
externalización, se está rozando la esclavitud y, lo más terrible, es que se
trata de una esclavitud legal, porque
las empresas que proveen de esos servicios a otras grandes empresas, tienen convenio
propio y su aplicación ha sido aprobada por alguna autoridad. También es verdad
que, últimamente, se han ido tumbando algunos de esos convenios por
considerarse abusivos. Pero todos sabemos lo lenta que va la justicia en
nuestro país y lo fácil que es destruir pruebas, acallar testigos o untar a
quienes tendrían el poder de que empezaran a cambiar las cosas.
Pero ese escenario no es nuevo. No es algo
que nos esté pasando exclusivamente ahora, por ser nosotros, por estar
gobernando quien gobierna, por estar infectados de corrupción y de miserias
hasta la médula o por estar saliendo de una crisis que sólo lo fue para los
pobres, porque para los que tenían dinero y poder fue una oportunidad de
hacerse más ricos, más poderosos y bastante más peligrosos para los demás y para sí mismos. Porque cuando alguien se
emborracha de poder y de dinero a costa de pisotear tantas cabezas y de apretar
tantos cuellos, sencillamente acaba perdiendo el norte y, en cualquier momento,
todas las tropelías sobre las que se sostiene se pueden desmontar y hacerle
descender hasta el fango. Puede tardar más o tardar menos, pero todo lo que
sube tan deprisa, suele descender igual de rápido, porque todos los favores que
se piden a otros y todas las normas que se saltan mientras alguien está subiendo,
en un momento dado, le pasan factura y reclaman unos intereses que no siempre
se pueden pagar. Sin ayuda de otros, difícilmente se puede subir tan rápido.
Pero cuando esos otros se cansan o, simplemente, dejan de estar en disposición
de seguir ayudando porque ellos mismos han empezado a caer, el que sigue en la
cima ya no se siente tan poderoso y ya no ve la manera de seguir escalando,
sino sólo el precipicio que tiene delante y el abismo que le espera abajo
cuando la caída es ya inevitable.
Esta situación se da en muchos gobiernos y en muchas empresas. Pero tampoco es una historia de ahora, sino de siempre. Todos
los años caen gobiernos en cualquier parte del mundo, pero les suceden otros
que acaban sucumbiendo a los mismos sueños de poder y a las mismas prácticas
abusivas de sus antecesores. Es igual que defiendan ideas de izquierdas o de
derechas, que cuenten con apoyos mayoritarios o que gobiernen en minoría. El
caso es que nadie llega al poder sin contar con un buen equipo detrás que le
sostenga, equipo sufragado por el dinero de grupos de empresarios a quienes les
convenga que ese individuo alcance ese poder. Luego ya se encargarán de
utilizarle como un muñeco de paja y de cobrarse todos los favores prestados en
forma de subvenciones, tratos de favor, adjudicaciones de grandes proyectos o
privatizaciones de empresas públicas.
La libertad del voto es sólo una pantomima,
una escena necesaria en la gran comedia de la democracia. Y en esta escena no
puede faltar la presencia de los medios de comunicación, los grandes aliados
del poder para poner y quitar presidentes haciendo que los votantes se decanten
por una u otras opciones de voto, según los intereses del partido que
subvenciona a cada medio.
A veces creemos que nuestros abuelos y nuestros
padres fueron menos libres que nosotros porque, durante la dictadura de
Franco, no pudieron votar. Desde que se
instauró la democracia en España, todos los españoles mayores de 18 años hemos
podido votar, salvo cuando el gobierno central se ha negado a que se celebren
los referéndums de autodeterminación en Euskadi o en Catalunya, aunque ese tema
merece un capítulo aparte.
El caso es
que, ese poder votar nunca nos ha hecho más libres. Porque muchos han votado
condicionados por el miedo que una determinada campaña electoral se ha
preocupado de inocularle en el cuerpo y otros convencidos de que se cumplirían
unas promesas que los ganadores olvidan tan pronto como juran su cargo ante el
rey. Unos ciudadanos y otros se acabarán sintiendo igual de estafados y de
asqueados de todo lo que huela a política.
Esa sensación de estafa y de asco la
padecieron nuestros abuelos y nuestros padres, la padecemos ahora nosotros y la
padecerán las generaciones venideras. Porque cambian los tiempos y evolucionan
los instrumentos, pero la ambición de las personas siempre las acaba llevando
hacia las mismas cloacas. Y la mierda olía igual de mal en el imperio romano
que en la España del siglo XXI.
![]() |
Herodoto, llamado Padre de la Historia. Busto expuesto en el Museo Nacional de Roma |
Desde que Herodoto caminaba por el mundo y
escribía las primeras páginas de la historia occidental tal como la conocemos, la humanidad ha visto
cómo se han levantado infinidad de edificios con grandes piedras mientras
quienes las acarreaban sobre sus hombros o las levantaban por medio de primitivos
sistemas de poleas, se dejaban la sangre y la vida a cambio de un salario
mísero que apenas les llegaba para alimentar a sus familias.
Autores como Ken Follett nos han ilustrado
con sus tramas y sus personajes de ficción sobre cómo vivían y sufrían las
gentes de la Edad Media, estando su destino siempre a merced de los nobles y
los religiosos. En Los Pilares de la Tierra, nos cuenta cómo se llevó a cabo la
construcción de la catedral de Kingsbridge y el mucho sufrimiento que
padecieron sus protagonistas. La ambición, la codicia y la corrupción de
quienes ostentaban un poder que aún creían insuficiente y la manera tan brutal
cómo abusaban de los pobres a quienes tenían a su servicio. Esos hechos
ocurrían hace un milenio, pero si les cambiamos los trajes a sus protagonistas
y, en lugar de a colocar piedras en una catedral, les ponemos ante una línea de
producción en cualquier fábrica, o ante un ordenador en una oficina, o en una
furgoneta de reparto y les decimos que están en el siglo XXI y en un país democrático
del sur de Europa, esas gentes no se sentirán mucho más aliviadas. Porque
sentirán que quienes les dirigen pecan de la misma ambición, la misma codicia y
la misma corrupción que aquellos señores de la Iglesia o aquellos nobles engreídos
del Medievo británico.
Otras obras que explican historias reales y
que hablan de nuestro propio país en una época relativamente reciente y
doliente todavía, nos describen cómo se llevaron a cabo los proyectos de construcción
de infraestructuras de Franco. Sus famosos pantanos, sus puentes o su Valle de
los Caídos, en los que empleó a tantos presos que a veces arrastraban con ellos
a sus pobres familias, viviendo en barracones que ellos mismos se construían
con lo que encontraban y pasando hambre y calamidades de todo tipo.
Libros como “Los esclavos de Franco” de
Rafael Torres o “Las tres bodas de
Manolita” de Almudena Grandes, nos ayudan a hacernos una idea de cómo se vivió
toda aquella injusticia y, sobre todo, del miedo que durante cuarenta años
asoló este país. Miedo a expresar lo que uno pensaba, pero también a contar lo
que había vivido. A veces tener memoria se le puede convertir a una persona en
su peor pesadilla. Porque cuando se ha vivido tanto horror, sería preferible no
poder recordarlo. De alguna manera, muchos fingieron ese olvido ante sus
familias, porque nunca les hablaron de lo sufrido durante la guerra ni después
de ella y se llevaron a la tumba la memoria que ya nadie podrá rescatar de
debajo de las piedras.
Pese a que la mayoría de monumentos que han
llegado hasta nuestros días se han levantado con el trabajo de gentes humildes
o esclavos, siendo sufragados muchas veces por donativos o por riquezas
incautadas al enemigo, no todas esas obras faraónicas han sido el resultado de
la ambición desmedida de algún monarca o algún ilustre de la iglesia.
En ocasiones, la iniciativa de construir un
templo ha partido del propio pueblo, como ocurrió en la construcción de la
Basílica de Santa María del Mar en Barcelona, entre los años 1329 y 1383. En la
misma época se estaba construyendo la Catedral de Barcelona, por iniciativa de
la monarquía, la nobleza y las altas instancias eclesiásticas.
El pueblo de la Ribera, formado en su mayoría
por familias humildes que se dedicaban a la pesca, al comercio y a la estiba,
no se sentía representado por quienes gobernaban la ciudad y decidieron que
querían levantar su propio templo, sobre las ruinas de la que se había conocido
como la Catedral de las Arenas, documentada desde el año 998.
![]() |
Interior de la Basílica Santa María del Mar de Barcelona |
Independientemente de la época en la que se
hayan usado las piedras para levantar cualquier monumento, siempre han
comportado dolor, sangre, sudor, lágrimas y muerte para demasiada gente, al
tiempo que han contribuido a engrosar el orgullo de alguien que no ha dudado en
colgarse todas las medallas y atribuirse todos los méritos de la obra en
cuestión.
A esos notables que lo son porque les
sostienen los esfuerzos de otros, poco les han importado nunca las memorias de
los que nunca verán sus nombres en ninguna placa de ninguna plaza. Tampoco
mostrarán nunca ningún interés por saber si alguna de esas piedras que forman
parte de esa obra que ellos encuentran tan hermosa, ha podido segar alguna vida
o romper algún sueño. Porque los pobres, aunque parezcamos débiles, ignorantes,
ingenuos o incluso muy manipulables, también tenemos sueños y, a veces, tenemos
la inmensa dicha de verlos cumplidos y de hacer felices a otros con ellos.
Afortunadamente, aún hay cosas en este mundo que se pueden obtener sin
comprarlas. Una de ellas es tener la conciencia tranquila de que, pese a que
nos manipulen, nos estafen, nos ninguneen y nos exploten, estamos donde
queremos estar, haciendo lo que queremos hacer y rodeados de las personas que
consiguen que cada día demos lo mejor de nosotros mismos.
Ningún tiempo pasado fue mejor y el futuro no
tiene porqué ser peor que el presente. En nuestras manos estará decidir cómo
seguir colocando nuestras particulares piedras y cómo honrar con dignidad
nuestras memorias y las de nuestros ancestros, que son las que nos han traído
hasta aquí y nos han hecho como somos y como queremos seguir siendo.
Estrella Pisa
Psicóloga col. 13749
Comentarios
Publicar un comentario