Condicionándonos la Vida

Ya desde antes de nacer, nuestras vidas van a estar determinadas por las normas que rigen la cultura y la sociedad que nos esperan. Las decisiones y actitudes que adopten nuestros padres durante nuestro desarrollo embrionario y fetal sentarán las bases sobre las que acabaremos edificando nuestras vidas. Después del nacimiento, entraremos en un ciclo de pautas, comportamientos y expectativas que nos marcarán definitivamente el camino a seguir, independientemente de que nos guste más o nos guste menos.

Desde la psicología del desarrollo, se nos ofrecen diferentes modelos teóricos a la hora de explicar el proceso evolutivo de los seres humanos desde que nos gestamos hasta que morimos. Entre ellos, destacaría el modelo del ciclo vital o life span, por ser el que apuesta por una perspectiva más amplia, ocupándose del estudio de la estabilidad y los cambios de conducta que adopta el individuo a lo largo de toda su vida, implicando con ello un importante cambio conceptual en el estudio de la psicología del envejecimiento.

Este modelo enfatiza la irrelevancia de la edad y destaca la importancia del contexto y del momento histórico en los que se desarrolla el individuo. El envejecimiento se entiende como un proceso cambiante e interactivo, en el que se pierden algunas habilidades, pero se pueden adquirir otras. También ha demostrado que los cambios en los procesos psicológicos no son exclusivos de las primeras etapas del desarrollo, sino que se siguen sucediendo a lo largo de toda la vida.

El Arbol de la Vida, tallado en madera- Disney Animal Kingdom Park- Orlando

Si esta teoría hubiese surgido hace cien o doscientos años, probablemente no habría sido aceptada porque buena parte de la población se pasaba toda su vida haciendo lo mismo: desarrollando el mismo trabajo, criando y cuidando de familias muy numerosas y envejeciendo y muriendo a edades muy tempranas. La vida de una generación a otra apenas sufría cambios destacables y aceptar las reglas, mantener las tradiciones y acabar haciendo todos lo mismo eran opciones de vida que apenas encontraban resistencia. En ese contexto, era bastante más difícil pretender ser diferente a los demás y defender otras formas de entender la vida y de vivirla. En algunos casos, no faltaron padres que repudiaron a sus hijos díscolos, ni mujeres que se quedaron para “vestir santos”, como decían entonces, sólo por el hecho de atreverse a pensar más en ellas y menos en servir a un marido al que ellas no habían elegido y en reproducirse. Las sociedades cerradas suelen ser así de crueles con quienes pretenden abrirlas un poco a la ampliación de horizontes y conocimientos nuevos. La ignorancia siempre resulta el hogar ideal para los que temen cambios que les superen y no puedan controlar. No entienden que, para construir mejores realidades, a veces hay que empezar por desmontar las que no nos convencen.

Volviendo a la teoría del ciclo vital, en ella podemos encontrar varios principios:

·         La multidimensionalidad y la multidireccionalidad del desarrollo a lo largo de la vida de cualquier individuo. 
Los cambios que experimenta una persona con el paso del tiempo no son sólo biológicos, sino también psicológicos y sociales. Cambian nuestros órganos internos, pero también lo hacen nuestra inteligencia, nuestra memoria, nuestro lenguaje, nuestras relaciones con los demás, etc. Cada una de estas dimensiones, también pueden cambiar en una dirección diferente, no existiendo ninguna etapa de la vida en la que sólo exista crecimiento, madurez y deterioro. Porque éstos se dan a lo largo de todo el ciclo vital.
Un resultado ampliamente constatado que se encuentra asociado a la multidimensionalidad y a la multidireccionalidad es la heterogeneidad o variabilidad individual que va aumentando a medida que cumplimos años. A este hecho se le ha denominado “metáfora del abanico” y desmontaría la tesis de que todas las personas mayores serían muy parecidas.

Si consideramos que la vejez empieza a los 65 años, y teniendo en cuenta que nuestra esperanza de vida actual está en torno a los 83 años y que cada vez son más personas las que alcanzan los 100 con una calidad de vida aceptable, estaríamos ante un sector de la población que abarcaría unos 30-35 años. Un tiempo lo suficientemente extenso como para encontrar diferencias casi abismales entre los más jóvenes y los más ancianos. Diferencias en cuanto a hechos históricos vividos, pero también en educación, en estilos de vida, en creencias, etc. Asimismo, dentro de un mismo individuo, también encontraremos esas diferencias, al no envejecer sus diversas áreas al mismo ritmo. Una persona puede tener deteriorado el sistema cardiovascular, o limitada la movilidad de sus piernas, pero ello no implica que no pueda tener una mente totalmente en forma que no le impida desarrollar su actividad intelectual sin ningún contratiempo. O al revés, una persona puede estar perfectamente en relación a su salud física, pero haber desarrollado un Alzheimer o una demencia de cuerpos de Levy que la acabe condenando a depender totalmente de los demás para sobrevivir.

·         La dinámica entre crecimiento y deterioro
En cualquier momento de la vida podemos hallar logros positivos y negativos, no pudiendo identificar ni una sola etapa de la vida en la vida en la que todo sean pérdidas o ganancias. La proporción entre ambas va variando a lo largo del ciclo vital. Hemos de ser muy conscientes que de cualquier déficit lleva en sí mismo la capacidad para generar nuevas estrategias de innovación y progreso, siendo las imperfecciones los catalizadores o motivadores primarios de la evolución.
Esta evidencia se da mucho entre los niños que nacen con algún tipo de discapacidad física, sensorial o intelectual. Hasta hace unas décadas, tener un hijo con síndrome de Down, autismo o parálisis cerebral era un motivo de vergüenza para las familias. Algunas les escondían en casa, privándoles de ir al colegio, de tener amigos, de relacionarse cara a cara con el mundo y, lo más grave de todo, negándoles la oportunidad de conquistar su cuota de independencia alcanzable.

Estos niños especiales se convertían en adultos totalmente dependientes de sus padres o cuidadores, incapaces de hacer nada por sí mismos ni de desarrollar un potencial que alguien había decidido por ellos que era mejor que se olvidase. Por suerte para estas personas y para los que tienen la suerte de rodearles diariamente, las familias han cambiado y, a su paso, la sociedad empieza a ser otra. Seres maravillosos como Pablo Pineda nos demuestran cada día que, si se quiere, siempre se puede desarrollar el potencial de cualquier persona, independientemente del mal que le aqueje. Hellen Keller ya fue pionera en demostrarlo y el mundo no para de hacerle hueco a voces nuevas cada día para que nos ilustren con sus ejemplos y nos iluminen con su ilusión y su entereza.

·            La plasticidad
Los avances en neurociencias han demostrado que nuestro cerebro tiene muchas más posibilidades de las que creíamos. Nuestras neuronas pueden reeducarse de alguna manera y aprender a explorar otros campos que hasta ahora habían mantenido cerrados cada vez que nos interesamos por cosas nuevas o decidimos ampliar conocimientos.

·         El desarrollo y el envejecimiento
Los conceptos de desarrollo y envejecimiento han ido evolucionando con la propia historia de la psicología evolutiva.  Por un lado, las ciencias biológicas han considerado el desarrollo asociado al crecimiento y el envejecimiento unido al deterioro. Pero, por el otro, las ciencias sociales y del comportamiento han tenido en cuenta que en la vejez también se observan ganancias, por lo que han acabado rechazando el postulado de que el envejecimiento implique sólo deterioro.

·         La optimización selectiva con compensación 
Se trata de un principio de intervención generado desde la perspectiva evolutiva del ciclo vital y se dirige a conseguir un envejecimiento exitoso. En él hallamos tres componentes:

a)   La intervención ha de ser selectiva en los comportamientos que elige en cada persona. Al ser la capacidad de reserva de cada individuo diferente, habremos de seleccionar aquella en la que todavía le quede margen para crecer.
b)   Muchas personas mantienen niveles de ejecución muy altos en áreas concretas del comportamiento. Se trata de habilidades ejecutadas a su nivel óptimo, alcanzable por medio de la práctica y de la continua adquisición de nuevos conocimientos.
c)    Para conseguir estos niveles máximos se han de sustituir unas estrategias por otras y así compensar los déficits que se generarían de seguir aplicando las estrategias habituales.       

·         Otros principios relevantes 
a)  El desarrollo obedece a un sistema complejo y multicausal de influencias. Las condiciones culturales y el contexto histórico están interrelacionados con las condiciones biológicas.
b)  Los efectos de estas condiciones sobre el envejecimiento se operacionalizan mediante diseños secuenciales que tienen en cuenta múltiples dimensiones temporales que permiten estudiar las pérdidas y las ganancias que se producen a lo largo del desarrollo.
c)   La multidisciplinariedad : Ninguna disciplina aislada puede dar una visión completa del individuo en desarrollo. La biología, la psicología, la medicina o la sociología aportan conocimientos que se complementan entre sí.


La psicología evolutiva del ciclo vital clasifica las diferentes causas o factores que intervienen en el desarrollo en dos tipos de acontecimientos:

Normativos
Un acontecimiento normativo es aquel que la mayoría de personas experimentan en un determinado momento de sus vidas. Estos serían de dos tipos:

a)    Influencias normativas determinadas por la edad. Incluyen especialmente sucesos biológicos (como la pubertad) y sucesos sociales (empezar a ir al colegio). El momento de estos sucesos biológicos es fijo, dentro de un rango normal. El de los sucesos sociales más flexible y puede variar en diferentes momentos y lugares, dentro de unos límites de maduración. Así, los niños de sociedades industrializadas occidentales suelen iniciar su educación formal entre los 5 o 6 años, mientras que los niños de países en vías de desarrollo suelen iniciarla mucho después o incluso no iniciarla.
A medida que nos alejamos de la infancia, este tipo de influencias tiende a disminuir, pues la maduración asociada a la edad va imponiendo menos y permitiendo más.

b)   Los acontecimientos normativos determinados por la historia. Son comunes a una generación o grupo de personas que comparten una experiencia similar. Aquí cobran mucha importancia las guerras, las grandes crisis económicas o políticas, pero también los avances en medicina, la revolución tecnológica o los cambios en la organización de las familias, al incorporarse masivamente la mujer al mundo laboral.

No normativos
Se trata de eventos poco comunes que tienen un gran impacto en la vida del sujeto. Puede tratarse de sucesos normales, pero que ocurren en un momento atípico de la vida, como por ejemplo el matrimonio al inicio de la adolescencia, la muerte de uno de los padres cuando un niño es pequeño, o que el propio niño padezca un cáncer con apenas 5 años. Pero también de sucesos atípicos, como padecer un defecto de nacimiento o verse involucrado en un ataque terrorista. También puede tratarse de sucesos felices (ganar una beca de estudios).

Teniendo en cuenta todos los aspectos de esta interesante teoría, podemos concluir que, afortunadamente, no tenemos que acatar la sentencia que acataron nuestros abuelos y bisabuelos al resignarse a vivir “como vivía todo el mundo” a su alrededor.

El hecho de haber nacido algunas décadas después y de haber estado influenciados por los constantes y acelerados cambios sociales que no han dejado de marcar nuestras vidas desde que tenemos uso de razón, nos otorga ciertos privilegios que no debiéramos desestimar.

Es cierto que nuestras vidas son bastante más complejas que las de nuestros abuelos o bisabuelos. Ahora tenemos más cosas de las que tuvieron ellos y, en un espacio relativamente corto de tiempo, hemos visto y aprendido mucho más de lo que ellos precisaron de toda una vida para ver y aprender. La revolución tecnológica nos ha abierto a mundos virtuales que nos permiten descubrir el mundo en todo su esplendor sin necesidad de salir de casa ni de gastar un euro, al menos aparentemente. Esa tecnología también nos permite pasar tiempo con los amigos sin necesidad de desplazarnos para ir a su encuentro. Las relaciones familiares también se tejen a golpe de whatsapp y, cuando viajamos por el mundo, lo seguimos mirando todo a través de pantallas, como si nos diera miedo mirar lo desconocido cara a cara, sin filtros, sinaptando directamente con esa vida que parece inspirarnos tanto respeto.

Cuantos más recursos tenemos a nuestro alcance, más caro nos resulta vivir, pero también mucho más fría y aséptica nos resulta la vida. Porque, a diferencia de las generaciones que nos precedieron, ya no vivimos para mantenernos, sino para mantener esos recursos de los que no queremos prescindir.

Si nuestros abuelos y bisabuelos vivieron condicionados por las normas y costumbres que regían la vida de su tiempo, nosotros nos empeñamos en criticar su supuesta ceguera, mientras no somos conscientes de que quienes no vemos ni entendemos nada somos nosotros.

Los avances científicos y tecnológicos deberían servirnos para aprender a utilizar esos recursos que pagamos tan caros todos los meses en nuestro propio beneficio, invirtiendo nuestro tiempo y nuestro esfuerzo en sacarles el máximo partido posible. No caigamos en la fiebre consumista de crearnos necesidades que luego no nos vayan a resultar útiles. No compremos por comprar, no nos endeudemos por tener cosas que luego no vayamos a usar. No nos condicionemos la vida sin sentido, porque sólo tenemos una y la tenemos que vivir hoy. Porque, si la aplazamos para cuando terminemos de pagar las deudas, o para cuando acabemos la carrera, o para cuando nuestros hijos se hayan independizado, quizá llegaremos tarde hasta a nuestro propio funeral. Porque la vida no espera y el corazón se acaba resecando de tanto pedirle que mida lo que siente porque aún no es el momento de sentir.

Si nos diese la gana de entender lo afortunados que somos por vivir en el siglo XXI y tener a nuestro alcance todos los saberes y todos los recursos que nos podrían ayudar a ser más libres, quizá dejaríamos de condicionarnos con absurdas normas que nos creamos nosotros mismos para disimular nuestro enfermizo miedo a ser quienes somos de verdad.


Estrella Pisa
Psicóloga col. 13749

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