Flores o Floreros con flores

En el siglo XXI, ser mujer sigue siendo mucho más complicado de lo que debería. Aunque hemos de admitir que, al menos en el mundo occidental, nuestras condiciones de vida han mejorado muy considerablemente respecto a las de las generaciones que nos precedieron, el caso es que aún nos queda un larguísimo recorrido por explorar antes de alcanzar la ansiada igualdad de trato respecto al que reciben los hombres.


Nacer mujer, en muchos momentos históricos y en muchas latitudes aún hoy en día, para algunas personas ha significado nacer marcadas de por vida por la desgracia y la decepción. Porque, ya de entrada, algunos padres nunca las esperan a ellas sino al deseado varón que prolongue su apellido y las miserias de su particular estirpe.

En países como la India,  tener una hija es de las peores cosas que les pueden pasar a las familias más humildes, porque saben de antemano que no podrán conseguir la dote que les permitiría asegurarles a esas hijas un buen acuerdo matrimonial. No es extraño que muchas de esas niñas acaben siendo vendidas o canjeadas por una cabeza de ganado por sus propios padres para garantizar con esa venta o ese trueque la supervivencia del resto de su prole. El siguiente paso son los malditos prostíbulos en los que tantos diablos occidentales satisfacen sus más aberrantes apetitos truncando para siempre el futuro de tantas niñas, pero también de tantos niños cuyo único delito ha sido nacer en el lugar y en el momento equivocados.

Volviendo a occidente, nuestras vidas no tienen nada que ver con esos infiernos, pero a veces tenemos que lidiar con algunos demonios que parecen haberse confundido de época y se vanaglorian de ser portadores de unos valores que han entendido al revés. Son esos personajes que, a priori, nos parecerían hasta entrañables porque siempre llevan puesta la “sonrisa profidén” adornada con palabras que saben regalarle los oídos a las féminas, pero llevan inoculada en sus instintos una letra pequeña capaz de destrozarle la vida a cualquier incauta que cometa la torpeza de enamorarse de ellos. Son hombres que no han aprendido a serlo y que lo han acabado confundiendo todo. Bien porque hayan estado expuestos desde la cuna a estímulos equivocados o porque, simplemente, tienen tanto miedo al abandono y se sienten tan inseguros de sí mismos que acaban haciendo de sus parejas sus prisioneras.

Esos hombres para quienes las mujeres son un simple objeto que tienen que acabar siendo de su exclusiva propiedad se llegan a creer los mejores amantes y se ciegan de celos cada vez que sus compañeras hacen algún gesto que ellos consideran impropio. Desgraciadamente, en ocasiones esa ceguera enfermiza les lleva tan lejos que les acaba convirtiendo en asesinos.

¿Cuántas mujeres mueren cada año en el mundo a manos de sus maridos o amantes?

Aunque ese comportamiento no es exclusivo de los varones. También encontramos mujeres que, liándose la bandera del feminismo más extremo, acaban imitando las conductas masculinas que más detestan y pueden, incluso, llegar aún más lejos que ellos.

¿Cuántos casos no conocemos al cabo del año de mujeres que no permiten que sus exparejas vean a los hijos que tienen en común?

¿Cuántos casos de alienación parental no se descubren en las consultas de los psicólogos o en los despachos de los mediadores? 

También hay casos vergonzosos de maltrato psicológico e incluso de agresiones  físicas por parte de mujeres hacia sus parejas. Y denuncias de malos tratos falsas para conseguir órdenes de alejamiento o prisión preventiva. Sin olvidarnos de las mujeres que han optado por buscar a conciencia un embarazo que su pareja no desearía en ese momento, en un intento de comprometer más al otro en la relación.

Influidos por la rumorología y por los prejuicios en los que nos hace sucumbir tan fácilmente nuestra cultura patriarcal, no son pocas las ocasiones en que decidimos de antemano quién es el malo de la película sin haber acabado de verla;  pero, en cuestiones de género, a veces resulta que las malas son ellas.

Perseguir la plena igualdad entre los géneros no deja de ser un poco como perseguir una utopía, porque de entrada, nuestra biología nos hace diferentes. Pero en este tema, como en tantos otros, no podemos caer en la trampa de la generalización. Cada persona es un mundo distinto independientemente de que sea o se sienta hombre o mujer. Y tendríamos que empezar a centrarnos en la persona, no en su género. Porque, por encima de todo, somos personas y todas deberíamos ser tratadas y tratar a las demás con idéntico respeto y empatía.

El primer error que cometen muchos padres cuando nacen sus hijos es dispensarles un trato diferente en función del género con el que aparentemente han nacido. Esas diferencias en los colores de la ropa con la que les empiezan a vestir, en los juguetes que les regalan, en las historias que les explican y en los roles que les enseñan a desempeñar en casa, sientan las bases de lo que esa personita acabará siendo en el futuro.

Dejemos de vestir a las niñas de rosa y a los niños de azul, dejemos de educarlas a ellas para ser princesas y a ellos para ser príncipes de reinos que no existen, ni queremos que existan. Atrevámonos a empezar a educar para que conozcan el terreno que pisan, para que sean consecuentes con los tiempos en que les ha tocado vivir y para que se creen expectativas realistas del futuro que van a poder alcanzar. 

Eduquemos para que los niños y las niñas quieran ser bellas flores, pero que crezcan libres y a su propio ritmo, floreciendo desde dentro y bebiendo de todas las fuentes posibles para dar siempre lo mejor de sí mismas a los demás.


No permitamos que nadie las siga cortando para embellecer con ellas sus modestos o sofisticados floreros de cristal. Dejemos de permitir que nadie nos considere un objeto más de su propiedad y de aspirar a considerar a nadie como un objeto de la nuestra.


Amar no tiene nada que ver con cortarle las alas a nadie. La vida de las personas es efímera, pero tenemos derecho a madurar a nuestro propio ritmo, sin soportar las presiones de quienes dicen querernos tanto. Que sea nuestra propia biología la que marque los tiempos de nuestro inevitable deterioro y no la torpeza de alguien enfermo o enferma de celos o de miedo. 
























No dejemos que nos corten de nuestro propio campo para acabar encorsetados en un frío jarrón, condenados a dejar de ser nosotros para simular ser quienes los otros desean que seamos.


Sintámonos libres de seguir siendo el tipo de flores que nos dé la gana ser y dejemos que los otros disfruten del mismo derecho. Da igual si somos simples amapolas o sofisticadas orquídeas, lo importante es que no dejemos que nos corten y nos condenen a una vida que no hayamos decidido nosotros, por muy privilegiada que parezca.

Más allá de respetar los derechos de las mujeres o de los hombres, lo que debería primar es el cultivo del respeto hacia las personas en general. Permitir que nazcan, crezcan y maduren libres para tomar sus propias decisiones y para brillar con su propia luz, sean quienes sean, vengan de donde vengan y vayan hacia donde vayan.



Estrella Pisa
Psicóloga col. 13749

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