Marcándonos los Tiempos

Cuando hablamos de relojes, nos imaginamos diferentes tipos de artilugios que, desde la antigüedad, los humanos hemos ideado y utilizado para tratar de medir el tiempo. Podemos pensar en relojes de arena, relojes de bolsillo, relojes de pulsera, relojes de pared, despertadores, o incluso en los relojes de los campanarios. Analógicos unos o digitales otros, como los de los parquímetros o los que ya vienen integrados en los móviles o en cualquier otro dispositivo electrónico. Todos tratan de contar las horas y todos nos acaban marcando las pautas que rigen nuestras cotidianas rutinas.

Hay otros relojes que no marcan precisamente las horas ni tampoco resultan tangibles. No son fruto de la invención humana ni adoptan forma física alguna, pero acaban determinando muchos aspectos de nuestra vida y moldeándonos en función de los estímulos externos que recibimos continuamente y de nuestras peculiaridades genéticas. Son nuestros relojes biológicos.

Mucha gente asocia la idea de “reloj biológico” con una especie de alarma que notan muchas mujeres cuando aún no son madres y están alcanzando una edad que ellas consideran crítica. Hay mujeres que sienten esa “llamada de la maternidad” siendo aún muy jóvenes. Otras, en cambio, lo hacen después de haber desarrollado toda una carrera profesional. El caso es que todas coinciden en haber sentido la necesidad de ser madres en ese momento y manifiestan su deseo de no dejarlo para más adelante porque podrían arriesgarse a llegar demasiado tarde.

Pero el caso es que hay otros muchos relojes biológicos de los que aún  lo desconocemos casi todo, pero que cobran una importancia capital en nuestra forma de comportarnos, en el modo cómo nos alimentamos, en nuestras rutinas de sueño e incluso en el desarrollo de las enfermedades que acabamos padeciendo. El más importante de todos ellos se encuentra en nuestro cerebro y se le conoce con el nombre de Núcleo Supraquiasmático del Hipotálamo.

Este reloj central regula los llamados ritmos circadianos, que no son otra cosa que los ritmos de comportamiento que adopta nuestro organismo a lo largo de las 24 horas del día. Muy relacionados con los ciclos de luz y oscuridad diaria, porque la luz viene a marcar nuestras rutinas. 

En tiempos pretéritos, cuando aún no se había inventado la luz artificial y los humanos vivíamos más en consonancia con los ciclos de la naturaleza, nos levantábamos al alba y nos acostábamos al caer el sol, distribuyendo nuestras actividades diarias en función de nuestras propias necesidades fisiológicas. La hora de comer la acostumbraba a marcar el propio estómago y la hora de descansar la extenuación después de un duro día de caza, o de siembra o de recolección de cereal.


Hoy en día, nos resultaría del todo inviable siquiera plantearnos la posibilidad de finalizar nuestra jornada laboral cuando se pone el sol en los meses de invierno o de parar para echarnos una siesta en las calurosas tardes de verano. Tampoco nos podemos permitir comer siempre a la misma hora ni hacerlo todos los días de manera saludable, porque somos presa de otro tipo de relojes que nos obligan a ignorar las alarmas de nuestros relojes biológicos. Las horas que dedicamos a dormir tampoco acostumbran a ser las recomendadas. En general, dormimos poco y mal, viéndose alterados nuestros ciclos del sueño que,  en condiciones normales, van alternando fases de 90 minutos de sueño paradójico con otras de ondas lentas. Estos ciclos del sueño también están bajo el control del Núcleo Supraquiasmático del Hipotálamo. Cuando nuestras pautas de sueño se ven alteradas, por mucho tiempo que durmamos, no conseguimos el descanso reparador que necesitamos para afrontar en condiciones óptimas nuestras rutinas diarias.

Hay otro reloj biológico que se halla en la Glándula Pineal y que tiene mucho que ver con los cambios de estación. Situada en la parte superior del Mesencéfalo, justo por delante del Cerebelo, esta glándula secreta una hormona denominada Melatonina. Recibe este nombre porque algunos animales (peces, reptiles y anfibios) tienen la capacidad de oscurecer temporalmente la piel con el cambio de estación. El color oscuro se debe a una substancia denominada Melanina. En mamíferos, la Melatonina es la responsable del control de los ritmos estacionales.

Algunas personas se deprimen durante el invierno, cuando los días son más cortos y hay menos horas de luz natural. Este trastorno denominado Afectivo Estacional, presenta síntomas algo distintos de los que responderían a un cuadro de depresión mayor. En ambos casos se dan letargia y trastornos del sueño, pero la depresión estacional incluye la necesidad de ingerir carbohidratos continuamente, con el consecuente aumento de peso. En la personas con depresión mayor se constata justo lo contrario, es decir, una pérdida de peso considerable.

El trastorno afectivo estacional responde bien a la fototerapia, exponiendo a la persona a una iluminación intensa durante varias horas al día. La luz actúa como un zeitgeber, sincronizando la actividad del reloj biológico al ciclo día-noche.

Pese a que la mayoría de personas que padecen este trastorno se deprimen en invierno, no faltan algunas que lo hacen en verano. Si bien ambos casos responden al mismo trastorno, resultan fundamentalmente distintos. Mientras los que padecen depresión en invierno duermen más, tienen más apetito y engordan, los que la padecen en verano sufren insomnio y muestran una disminución del apetito, no teniendo ningún efecto la fototerapia en ellos.

En 1988, Ehlers, Franck y Kupher propusieron una interesante hipótesis en la que pretendían integrar los datos conductuales y los biológicos. Sugirieron que algunos casos de depresión podrían desencadenarse por la pérdida de zeitgebers sociales. Apuntaban que en los humanos las interacciones sociales, de la misma forma que la luz, pueden actuar como zeitgebers. Las personas tienden a sincronizar sus ritmos diarios con sus iguales. Se ha demostrado en diferentes experimentos que mujeres que trabajan siempre juntan tienden a sincronizar incluso sus períodos menstruales. Parejas que viven juntas durante mucho tiempo llegan a sincronizar sus actividades diarias de tal manera que, cuando falta uno de los miembros de la pareja, la otra se queda como desorientada, porque de repente se siente desincronizada. Necesita volver a reajustar sus relojes internos, readaptarse a nuevas rutinas. Esos cambios, muchas veces, se logran después de un período de depresión.

En 1992, Szuba y su equipo aventuran otra hipótesis sobre la misma línea de investigación, en la que sugieren que los pacientes depresivos que mejoran espontáneamente al ser admitidos en un centro psiquiátrico pueden estar respondiendo a zeitgebers sociales. Al tener que adaptarse al estructurado programa diario impuesto a los pacientes por el personal sanitario, estas personas se ven obligadas a adoptar de nuevo unas rutinas en sus vidas y este hecho acostumbra a resultar terapéutico por sí mismo.

Para evitar que se pare un reloj mecánico, lo que hacemos es darle cuerda de vez en cuando, igual que cuando detectamos que un reloj electrónico empieza a fallar le cambiamos la pila. Estos relojes necesitan energía para mantenerse en óptimas condiciones y que, de vez en cuando, comprobemos que marcan la hora correcta y la rectifiquemos en caso de haberse atrasado o adelantado.

Nuestros relojes internos adolecen del mismo mal y precisan de la luz natural para reajustarse convenientemente. La luz artificial consigue confundirlos y nos mantienen en alerta por más tiempo del que deberíamos estarlo, pero con esta estrategia no sólo engañamos a nuestra propia biología, sino que nos engañamos a nosotros mismos. Porque nos hacemos creer que los días pueden tener más de 24 horas y eso, en el plano real, es totalmente imposible. A la larga, lo único que conseguimos es desequilibrar nuestros ritmos circadianos y correr el riesgo de caer enfermos.

Las salas de espera de las unidades psiquiátricas de los hospitales están llenas de pacientes que padecen ansiedad, trastornos de adaptación, depresión estacional,  estrés agudo, insomnio, trastornos alimentarios diversos, etc. En muchos casos, su malestar podría haberse evitado sólo con haberse cuidado un poco más y haber estado más atentos a las alarmas de sus propios relojes internos.

Desde las investigaciones sobre el Núcleo Supraquiasmático  realizadas en los años 70, 80 y 90 del siglo pasado, han transcurrido mucho tiempo y, afortunadamente, también nuevas investigaciones que han conseguido confirmar o refutar hipótesis que aún no se habían podido contrastar y arrojar un poco más de luz que ha acabado abriéndonos muchas más puertas que han dado lugar a muchas nuevas incógnitas que los investigadores del futuro tendrán que resolver.



Una de las investigadoras que más descubrimientos ha realizado en los últimos años sobre esos relojes biológicos que nos marcan las pautas de nuestro día a día es Marta Garaulet, autora del libro Los Relojes de tu Vida.

M. Garaulet nos habla de términos como CRONOBIOLOGIA y CRONONUTRICION.
Ambos términos están muy relacionados y se refieren a que nuestro organismo tiene diferentes relojes, aparte de los ya descritos en este post. Todos estarían controlados por el Núcleo Supraquiasmático, pero algunos tendrían la capacidad de actuar de forma más independiente, como el caso de los situados en los adipocitos, las células de la grasa corporal. Se ha demostrado que los relojes de estas células seguirían funcionando aún fuera del cuerpo, cuando se las mantiene vivas en un recipiente de laboratorio. La hora de máxima sensibilidad a la insulina, por ejemplo, sería hacia las doce del mediodía. En cambio, a las doce de la noche, pasaría justo lo contrario. ¿Qué significa esto? Pues que, si hemos de comer dulces o algún alimento rico en carbohidratos, es mucho más saludable que lo hagamos al mediodía que no a medianoche, entre otras cosas porque nuestro organismo no va a ser capaz de digerirlo con la misma facilidad y nos va a causar malestar, nos va a impedir un sueño reparador y va a contribuir a que ganemos peso, al tiempo que eleve nuestros niveles de triglicéridos, colesterol y azúcar en sangre.

Garaulet habla de personas matutinas y de personas vespertinas. Las matutinas son las que llevan unas pautas de vida más en consonancia con los ciclos de luz y oscuridad. Se levantan temprano, intentan comer a horas más saludables y se acuestan también temprano, consiguiendo dormir las ocho horas recomendadas.
Las personas vespertinas, en cambio, acostumbran a hacerlo todo más tarde, desincronizando sus relojes internos. Se levantan más tarde, comen peor y a horas menos saludables, cenan muy tarde y prolongan sus rutinas hasta altas horas de la noche o madrugada abusando de la luz artificial.

M. Garaulet y su equipo han demostrado que, aunque ingieran el mismo número de calorías diario, dos personas pueden obtener resultados completamente diferentes cuando tratan de llevar una dieta de adelgazamiento. Se puede dar el caso de que la persona que ingiera 700 calorías para desayunar y 300 para la cena logre adelgazar más que la persona que ingiera 300 calorías para desayunar y 700 para la cena. ¿Cómo explicamos esto? Muy sencillo: nuestro organismo tiene sus propios horarios en cuanto a la secreción de hormonas, la liberación de enzimas que faciliten la digestión, la inducción al sueño, la regulación de la temperatura corporal, la activación para estar más alerta a determinada hora del día, etc. Por la mañana siempre vamos a digerirlo todo mejor, vamos a estar más despiertos, más concentrados, más receptivos y más animados a involucrarnos en nuevos retos. Después de comer, en cambio, nos va a venir el bajón, que muchos hacen coincidir con la hora de la siesta. Muchas personas refieren  que, por las tardes, no son capaces de hacer ni la mitad de las cosas que hacen por las mañanas. Esto se hace más patente aún en los meses de invierno, en que oscurece mucho más pronto. La hora en que almorzamos también va a influir en cómo digiramos finalmente esos nutrientes y en que adelgacemos o engordemos. Si la comida del mediodía la hacemos más tarde de las 15:00 horas la vamos a digerir peor y, en consecuencia, va acabar convertida en más materia grasa que si la comiésemos entre las 12:00 y las 14:30. Nuestro cuerpo se resiste de alguna manera a desoír la alarma de sus relojes internos. Y aunque nuestras obligaciones laborales y familiares nos obliguen a alargar nuestras jornadas y a retrasar nuestros horarios, la hora de la cena también debería ser más temprana  y en ella deberíamos habituarnos a ingerir menos calorías y a evitar aquellos alimentos más difíciles de digerir. 

El modo cómo están sincronizados nuestros relojes internos afecta especialmente a las personas que trabajan por turnos rotativos y a las que lo hacen siempre en turnos de noche. El cuerpo se ve obligado constantemente a cambiar sus rutinas y se acaban alterando sus ritmos. Esto se puede traducir en problemas de adaptación, dificultades para dormir, cambios en la alimentación, aumento de peso, irritabilidad o incluso agotamiento nervioso.

Es evidente que estos estudios también han probado la influencia genética a la hora de comportarnos de una determinada manera y de adoptar ciertos hábitos alimenticios, de sueño, etc.  Hay personas que son portadoras de un determinado gen que, por mucho que coman a cualquier hora del día, no engordan y otras que son portadoras de otro gen distinto que, por muchas dietas que sigan estrictamente, tampoco adelgazan lo que desearían. En el campo de la genética, tenemos un mundo por descubrir aún, pero lo bueno de la investigación es que nunca se concluye con un descubrimiento, sino que se amplía. Cada vez que los científicos encuentran una respuesta, lejos de sentir que han alcanzado su objetivo y que ya se pueden dar por satisfechos y darle carpetazo al asunto, automáticamente se ven retados por nuevos interrogantes. Se les abre una puerta que durante mucho tiempo creyeron casi infranqueable, pero en esa nueva sala, aparecen nuevas puertas y, cada una de ellas, esconde nuevas incógnitas que, con el tiempo, serán objeto de nuevas líneas de investigación que hoy no podemos ni alcanzar a imaginar.

Al margen de lo que aún ignoramos, podemos utilizar la información que ya conocemos para tener más en cuenta nuestros relojes internos. Siempre se ha dicho que el cuerpo es sabio y que, si desatendemos sus señales, se acaba rebelando y obligándonos a ocuparnos de su bienestar. A veces nos acordamos de hacerlo cuando ya no hay nada que hacer, porque la enfermedad se ha impuesto y se ha instalado en nosotros de por vida. En esos casos, sólo nos cabe lamentarnos y aceptar lo que el curso de la enfermedad decida. Pero, mientras aún estemos a tiempo de mejorar cosas, de cambiar hábitos perniciosos por otros más saludables, de tomarnos las cosas con más calma, de dejar de preocuparnos por lo que aún no ha pasado y quizá no llegue a pasar nunca para empezar a OCUPARNOS de lo que de verdad nos debería importar, no tiene sentido que no lo hagamos.

Al margen de todo lo que creemos que somos y de nuestro empeño en no defraudarnos ni defraudar a nadie como los familiares, los amigos o los profesionales que somos, no olvidemos nunca que, ante todo, somos seres biológicos con un cuerpo y una mente que han de actuar perfectamente sincronizados si no queremos que las personas que queremos seguir siendo acaben perdiendo el equilibrio y rompiéndose como delicados cristales de Bohemia.


Estrella Pisa                            
Psicóloga col. 13749

                                                             
Bibliografía consultada:

Fisiología de la conducta – Neil R. Carlson – Ariel Neurociencia - Edición de 1997
Los relojes de tu vida- Marta Garaulet- Editorial Espasa Libros- 1ª Edición 2017

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