Estrellas Fugaces
Muchas veces coincidimos a la hora de
quejarnos de que ya nada es para siempre en lo que se refiere a relaciones
humanas. Las parejas se rompen con la misma facilidad con la que se establecen,
los amigos que parecían inseparables un buen día deciden pasar los unos de los
otros, las familias se distancian, los vecinos de un mismo edificio ya ni se
conocen entre ellos y las conversaciones
se acaban traduciendo a emoticonos en el móvil cuya interpretación siempre
resulta de lo más dudosa.
Después de años conviviendo con la misma
persona, es fácil caer en la trampa de preguntarse si volveríamos a elegirla a
ella si pudiésemos volver atrás en el tiempo, justo al momento en que la
conocimos. También es muy fácil autoengañarnos al creer que no haríamos lo
mismo de entonces, que seríamos mucho más selectivos, que miraríamos más por
nuestros propios intereses y que no nos dejaríamos enredar por sus palabras
acarameladas ni por su penetrante mirada. Qué ilusos…
“Por
una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso…
¡yo no sé qué te
diera por un beso!”
Cuando dos personas se enamoran, sus cuerpos
se revolucionan segregando una cantidad de hormonas que les hacen llegar a
creerse invencibles, porque de repente pueden con todo. Son capaces de desafiar
las condiciones más adversas para conseguir estar juntos por encima de la
autoridad de los padres, de la fidelidad a sus parejas oficiales, de los hijos
cuya custodia puede peligrar o de las normas de la empresa en la que trabajen
ambos, si ésta prohíbe las relaciones entre sus empleados.
Cuando una relación amorosa no acaba de
cuajar, muchas veces oímos la excusa de: “Es que no había química entre nosotros”.
Y es muy normal que nos preguntemos, ¿qué
tendrá que ver algo tan artificial como la química con el amor?
Pues tiene
mucho que ver, porque todo empieza en nuestros sentidos. A través de las
percepciones que canalizamos a partir de ellos, miles de impulsos nerviosos
viajan hasta las estructuras cerebrales que regulan la secreción de diferentes
hormonas y neurotransmisores que nos harán sentir o no sentir ciertas
sensaciones placenteras o de rechazo hacia la persona que acabamos de conocer.
Las primeras que entran en acción son las feromonas, algo que asociamos a los
animales, pero que también nos afecta a los humanos. El olor que desprendemos
despierta nuestras hormonas sexuales que entran en juego en la fase del deseo. Así, la testosterona en los hombres y los estrógenos en mujeres, se combinan con
la Adrenalina en su estrategia de
atontarnos y hacernos creer que no hay más mundo que el que se vislumbra en el
fondo de esa mirada que nos conquista y nos eleva por encima de nosotros mismos.
En la fase
de la atracción entra en
juego otra hormona, la Dopamina. Ésta
es la responsable de nuestras sensaciones de placer y su influjo hará que
procuremos repetir todo aquello que nos lleva a experimentarlo. Se la considera
la hormona de la fidelidad, precisamente porque nos hace desear seguir viendo a
esa misma persona y también regula
nuestras motivaciones y deseos.
Más tarde hace acto de presencia la Feniletilamina, otra hormona que aún
nos estimula más y nos hace conducirnos como en una nube, hasta el punto de que
a los que habitualmente tenemos alrededor les parece que no somos los mismos,
porque nos ven como abstraídos y como si sólo tuviésemos ojos y oídos para esa
persona que acabamos de conocer y que nos quita el hambre, el sueño e incluso
el estrés. La Feniletilamina también
es la responsable de que nos revoloteen mariposas en el estómago y nos sintamos
inmensamente felices, viéndose potenciada por el efecto del neurotransmisor Norepinefrina, que nos llena de euforia
y nos desboca el corazón.
En esta fase
de enamoramiento, la Dopamina y
la Epinefrina serán las responsables
de hacernos cometer locuras por amor.
Pese a haber caído en una especie de
enajenación mental transitoria, llegados a este punto de explosión hormonal y
de pasión incontenible, la naturaleza es muy sabia y acude a otra hormona, la Serotonina, para que medie en tanto
despropósito afectivo y nos haga retomar un poco la razón, recuperando el
control de lo que sentimos y relajándonos un poco. Ahora será otra hormona, la Oxitocina, la que intervendrá para ayudarnos
a desarrollar el apego, afianzando los lazos que nos unen a la otra persona,
profundizando en las emociones y los sentimientos mutuos.
Alcanzada la fase del apego, la pasión inicial empieza a desinflarse un poco y
el deseo sexual se atenúa, entrando en escena la hormona Vasopresina, que nos permitirá sosegarnos un poco y estabilizar la
relación de pareja.
Si esta relación no se mantiene en el tiempo,
son típicas las excusas de los implicados en ella del tipo “Se perdió la magia”,
“Se acabó la química” o “Se nos rompió el amor”.
A veces nos enamoramos de una estrella
fugaz que atraviesa nuestra mente cuando conocemos a una persona y nos
lleva a fantasear con lo que supuestamente encontraremos en ella.
Contrariamente a lo que acostumbramos a creer, el amor no se gesta en el
corazón, sino en la mente. Es ella la que nos hace idealizar o aborrecer a
alguien, la que nos inunda el entendimiento con sus diferentes hormonas, la que
nos hace creer lo que nos conviene creer en cada momento y no lo que más se
ajusta a la realidad. No son los demás los que nos engañan ni los que juegan
con nuestros sentimientos. Somos nosotros los que decidimos otorgarles o
negarles la credibilidad a sus palabras, sus gestos y sus conductas hacia
nosotros.
De ese amor estable que deviene rutinario y
que en ocasiones nos hace replantearnos si no nos estaremos equivocando al empeñarnos
en continuar unidos a esa persona por la que sentimos cariño y respeto, pero ya no
pasión, trata la novela Lo que encontré
bajo el sofá, de Eloy Moreno. Es sorprendente lo mucho que
podemos llegar a empatizar con unos personajes que parece que nos hayan leído
el pensamiento en muchos párrafos y que nos demuestran que no somos bichos
raros por atrevernos a cuestionarnos tantas cosas, porque mucha otra gente
también se las cuestiona, aunque luego se arrepienta.

Basta fijarnos en el cine para darnos cuenta
de que las historias románticas siempre acaban justo cuando los novios se
declaran su amor, o cuando se casan, o cuando uno de los dos muere
trágicamente.
En esas películas nunca se recrea la vida cotidiana de una pareja
ya consolidada y, si lo hacen, es para complicar la trama con la aparición de
un amante.
La vida cotidiana no vende, porque se la considera aburrida, vacía, insípida.
La vida cotidiana no vende, porque se la considera aburrida, vacía, insípida.
Lo que los espectadores quieren ver cuando van al cine no es más de
lo mismo que ya tienen en casa. Quieren evadirse con historias de pasiones
desenfrenadas, de vidas que se atiborran de emociones salvajes como si no
hubiese un mañana. Pero olvidamos que, lejos de corresponderse con la realidad,
esas vidas son como estrellas fugaces que se acaban disipando ante nuestros
ojos antes de que tengamos tiempo a darnos cuenta de su presencia. Y, de tener
la oportunidad de vivir como los protagonistas de esas historias, lo más
probable es que echásemos de menos la estabilidad que tenemos en nuestra vida
real. Ese andar sobre terreno seguro, esa convicción de que esa persona que te
acompaña no te va a fallar ni tú le vas a fallar a ella, ese calor que se
siente aunque fuera haga frío y dentro esté todo en silencio, ese no necesitar
palabras para que el otro o la otra nos entienda mejor que nadie y esa
satisfacción de estar a gusto con tu vida porque tienes al lado a esa otra
persona, son sensaciones que no tienen precio y no deberíamos ponerlas en
riesgo por ninguna ilusión efímera y del todo insustancial.
De la misma manera, tampoco sería muy sano,
ni para nuestros organismos ni para nuestra economía, que el espíritu navideño
se instalase entre nosotros indefinidamente. Porque la Navidad y todo el
desenfreno que conlleva, no es más que otra estrella fugaz que nos
deslumbra y nos hace creer en milagros y en espejismos que nada tienen que ver
con la vida real de cada uno ni con lo que verdaderamente sentimos los unos por
los otros.
Estrella Pisa
Psicóloga col. 13749
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