Náufragos y Orillas
La Real Academia de la Lengua Española
utiliza tres acepciones para definir el naufragio.
En primer lugar habla de la pérdida o ruina de una embarcación en el mar, río o
lago navegables. En segundo lugar se refiere a una pérdida grande; a una
desgracia o desastre. Y, por último, menciona un buque naufragado, cuya
situación pone en peligro a sus navegantes.
Si extrapolamos esas tres situaciones a
nuestra vida diaria y comparamos esa embarcación en apuros con nuestra propia persona,
no tardaremos en considerarnos náufragos, porque todos hemos estado a punto de
hundirnos y de ahogarnos alguna vez o incluso muchas veces a causa de la
sobrecarga física y emocional que soportamos y de las renuncias que hemos
tenido que ir acumulando y asumiendo con el paso de los años.
Para la palabra orilla nuestro diccionario tiene más acepciones que para naufragio.
La define como el término, límite o extremo de la extensión superficial de
algunas cosas, pero también como el extremo o remate de una tela o de otra cosa
que se teja; como el límite de la tierra que la separa del mar, de un lago o de
un río; como la faja de tierra que está más inmediata al agua; como la senda
que en las calles se toma para poder andar por ella, arrimados a las casas y como
el límite, término o fin de algo no material. También muestra las expresiones “a la orilla” para referirse a los
adverbios cercanamente o con inmediación y “salir
alguien a la orilla” para
explicar que alguien ha vencido, aunque con trabajo, las dificultades o riesgos
que ofrecía un negocio.
Por último, habla de un segundo significado
de la orilla para definirla como un viento suave y fresco y menciona la frase “Hace una buena orilla” para referirse
a un estado atmosférico.
Si pensamos detenidamente en toda esa
información que nos ofrece el diccionario sobre ambas palabras, veremos que se
complementan como el yin y el yan, no pudiendo tener sentido la una sin la
otra.
Todos los naufragios que hemos ido enfrentando
y superando a lo largo de nuestra vida han desembocado en una orilla, en una
tabla de salvación a la que nos hemos abrazado con la esperanza desesperada de
sobrevivir y poder seguir adelante para acabar afrontando nuevos temporales. Y
todas las orillas que, en un principio, nos han recibido con los brazos
abiertos, no siempre han resultado como esperábamos y nos han acabado llevando
a naufragar de nuevo en otras aguas, casi ahogándonos en otros miedos.
Aunque nos pueda parecer que somos poco
afortunados y que no logramos levantar cabeza, nos equivocamos, pues vivir
consiste precisamente en ir sobreviviendo a distintos naufragios. Lo hacemos
desde el mismo momento en que somos concebidos. Nuestros padres esperan tanto
de nosotros cuando están esperándonos. Sus expectativas suelen ser tan altas
que, por poco que la vida se empeñe en llevarles la contraria, no nos va a
costar nada defraudarles desde el principio, del mismo modo en que ellos unos
años antes, sin duda, defraudaron a sus
propios padres. Naufragar es parte de nuestra educación. Si no nos
equivocásemos nunca, nada acabaríamos aprendiendo y siempre dependeríamos de
que otros naufragasen por nosotros para mantenernos a salvo.
A veces nos olvidamos de que somos animales
sociales y de que, para que unos ganen y se salgan con la suya, otros tienen
que perder y renunciar a parte de sus sueños. Pero ni se es por siempre
ganador, ni se es por siempre perdedor. Todo va a depender de cómo nos tomemos
las cosas que nos pasan y de lo que seamos capaces de hacer con ellas. Así,
nunca faltarán personas que consideren una orilla a su naufragio o un naufragio
a la orilla que acabe de recibirlas ni quienes, gracias a un naufragio, le
encontraron a sus vidas el sentido que hasta entonces no tenían. Personas que
sufrieron una ruptura de pareja y más tarde encontraron a una persona mucho
mejor; o no pudieron estudiar en su momento y, años más tarde, consiguieron el
éxito con una actividad que nunca hubiesen imaginado que les satisfaría tanto;
o que, tras una grave enfermedad, aprendieron a concebir la vida de una manera
más acertada.
De naufragios y de orillas sabe mucho la
escritora asturiana Laura Castañón.
En su última novela, titulada precisamente Todos
los naufragios, nos relata las vidas interiores de unos personajes que ya
nos había dado a conocer en su novela anterior La noche que no paró de llover. Alguno de ellos incluso ya existía
en la trama de la primera novela Dejar
las cosas en sus días.
Laura Castañón tiene la habilidad de dibujar
con las palabras, cuidando mucho cada detalle, perfilando cada gesto. Hasta el
punto de que sus personajes se acaban escapando de las páginas de sus novelas
para impregnarse en nuestra memoria y quedarse ahí por tiempo indefinido, como
si de viejos conocidos se tratase.
Aunque el pueblo donde transcurre gran parte
de la trama, Nozaleda, es un lugar
inventado, no es difícil visualizarlo gracias a los detalles que nos
proporciona Laura. Del mismo modo que todos
los que hemos leído Cien años de soledad
nunca olvidaremos un lugar llamado Macondo.
Tampoco resulta demasiado complicado entender
los comportamientos de sus personajes en una época histórica convulsa y
sometida a demasiadas presiones tanto políticas, como religiosas y sociales. El
siglo XX estuvo marcado por las revoluciones y las guerras y escribió, sin
duda, las peores páginas de nuestra historia. Pero, ya en su primera novela, Laura Castañón nos enseñó a no juzgar los
hechos del pasado de otros desde nuestra cómoda óptica actual. Ni los unos
fueron todos tan malos ni los otros fueron todos tan buenos. En todas partes
cuecen habas y nadie resulta la misma persona si se la mira desde un ángulo o
desde su opuesto. Por eso los personajes de Todos los naufragios, aun siendo los mismos que ya se dejaron ver en
La noche que no paró de llover, a
través de la memoria subjetiva y sesgada de Valeria Santaclara, se expresan
ahora con sus propias voces y movidos por sus propias motivaciones.
Una historia que nos habla de personas que
naufragaron en distintos mares, pero que también supieron encontrar orillas en
las que sentirse a salvo. La mayoría de esas orillas fueron otras personas,
porque afortunadamente, lo que mueve el mundo sigue siendo el AMOR.
Estrella Pisa
Psicóloga col. 13749
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