Creciéndonos bajo Presión
Cuando nos movemos
desmotivados entre nuestras rutinas y nos sentimos a salvo en nuestra
particular zona de confort nos resulta difícil imaginarnos saliendo airosos de situaciones
con las que han de lidiar otras personas diariamente. Acomodados en nuestras
convicciones y en nuestra aparente seguridad, creemos que nosotros no seríamos
capaces de pasar por lo mismo que ellas y mantenernos a flote con la misma
entereza que demuestran.
Pero la realidad es que nunca podemos estar seguros de nuestra
verdadera fortaleza hasta que sentimos que los cimientos que la sostienen
empiezan a tambalearse. Cuando somos conscientes de que nuestro mundo ideal
corre serio peligro de derrumbarse es cuando aflora nuestro instinto de supervivencia, dotándonos
de recursos que hasta ese momento ignorábamos por completo que tuviésemos.
Es
curioso que, a veces, tengamos que vernos frente al precipicio para ser capaces
de dar el paso que no nos hemos atrevido a dar durante años.
Porque, cuando nos sentimos a salvo en nuestra burbuja de cristal, nos cuesta
mucho atrevernos a salir de ella para seguir explorando fuera, para intentar
retarnos a nosotros mismos con sueños nuevos que nos puedan impulsar a ir más
lejos, a subir más alto, a percibir otra perspectiva de nuestro mismo mundo.
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La pandemia que nos sorprendió
a todos el año pasado y de la que aún no hemos salido nos puso a todos contra
las cuerdas, obligándonos a tomar decisiones para las que, en otro momento, no
nos habríamos sentido preparados.
Cuando
caemos en el vicio de planificar nuestra vida al milímetro, la incertidumbre
siempre es una variable demasiado molesta que pone en serio peligro el
resultado de cualquier ecuación en la que pretendamos encerrar el sentido de
nuestra existencia. Por mucho que persigamos tenerlo todo bajo
control, el azar siempre va a estar revoloteando a nuestro alrededor para
alterar nuestros planes, llegando en ocasiones a desequilibrarnos hasta el
punto de vernos abocados a desbaratar todo nuestro proyecto y tener que volver
a empezar de cero, partiendo de premisas distintas y flexibilizando los métodos
y los tiempos.
En un mundo cada vez más
interconectado en el que cualquier decisión importante depende de factores que,
a priori, nos pueden parecer muy distantes, la presión a la que estamos
sometidos diariamente en diferentes ámbitos de actuación es cada más mayor y
también más constante. A medida que
avanzan nuestras formas de relacionarnos también se desarrollan nuevas formas
de estudiar y de trabajar gracias a la creación de nuevas herramientas y
recursos que nos permiten ser más ágiles en nuestras respuestas, pero a su vez
nos exigen estar siempre expectantes para que no se nos escape nada.
Desconectar en un entorno así resulta a veces de lo más complicado, pues
estamos traspasando los límites que tendrían que separar lo personal de lo profesional.
Una de las consecuencias de la
pandemia en el ámbito laboral ha sido la irrupción
con fuerza del teletrabajo. Para muchas personas esta opción les supone una
especie de incentivo, porque les permite trabajar desde casa, sin necesidad de
tener que desplazarse hasta su centro de trabajo, ahorrando combustible, no teniendo
que preocuparse de cómo se van a vestir cada día, pudiendo comer en casa,
vigilando de cerca a los niños o al animal de compañía y ganando tiempo para
poder dedicarlo a tareas personales. Expuestas las ventajas de esta forma, la
teoría convence, pero en la práctica, muchas otras personas llegamos a la
conclusión de que no compensa en absoluto, porque dificulta enormemente el derecho a desconectar del trabajo y a
separarlo de la vida privada.
Convertir parte del comedor de
tu casa en una minúscula oficina improvisada implica contaminar parte de tu
espacio propio con un entorno saturado de llamadas, de videoconferencias, de pantallas
de datos que nada tienen que ver con tu mundo propio y de una presión que puede
llegar a viciar el aire que circula por una estancia que ya no te pertenece
porque ha dejado de ser privada.
Una
de las cosas positivas que tiene acudir cada día al trabajo es encontrarte con
otras personas. Salir a la calle y sentir el aire o el sol;
cruzarte en el camino o encontrarte en el metro, en el tren o el autobús con
otros trabajadores que van o vuelven de su trabajo en dirección opuesta a la
tuya; estar al día de lo que se cuece a tu alrededor; poder hablar cara a cara
con tus compañeros de trabajo; tratar con tus clientes o con las personas a
quienes ofreces algún tipo de servicio de forma presencial pudiendo interpretar
sus miradas y sus gestos, sin tener que forzarte por teléfono para entenderles
o para que te entiendan cuando tratas de explicarles un procedimiento que, mostrado
visualmente, no encierra ningún tipo de complicación.
Las
personas somos animales sociales, no podemos resignarnos a encerrarnos cada una
en nuestra burbuja ni a reducir nuestros contactos a los iconos de una
pantalla. Pero, también es cierto que, gracias a nuestra capacidad
de trabajar así, muchos hemos conseguido salvar a las empresas para las que
trabajamos, al tiempo que nos salvábamos nosotros. Gracias a la enorme
capacidad de reinventarse de colectivos de profesionales como los/as maestros/as,
los/as médicos/as o los/as enfermeros/as, entre otros muchos, hemos sabido crecernos con la presión hasta
el punto de llegar a convertirla en nuestra aliada. Porque ha acabado
haciéndonos mucho más fuertes, al demostrarnos que tenemos muchos más recursos
de los que intuíamos antes de la pandemia y que, cuando nos mentalizamos de que
vamos a poder con algo, sencillamente podemos.
La
presión continuada a la que estamos todos sometidos cuando vivimos una
situación estresante que corre el riesgo de cronificarse puede llegar a
convertirse en una seria amenaza para nuestra salud. Nuestro
organismo, cuando se expone a este tipo de presión, nos ayuda a enfrentarnos a
ella produciendo mayores niveles de hormonas como el cortisol o la adrenalina.
Estas se traducen en un incremento del estrés, un estrés que momentáneamente
nos va a permitir sacar fuerzas de flaqueza y salir airosos de circunstancias
que poco tiempo antes habríamos temido. Pero, de prologarse en el tiempo, este
estrés puede acabar volviéndose en nuestra contra y provocándonos serios
trastornos. Una forma de evitarlo es aprendiendo a gestionar ese estrés,
impidiendo que nos agote del todo y adaptándonos a él convirtiéndole en nuestro
aliado.
No
se trata de resignarnos a ir estresados todo el día permitiéndole a la presión
que nos someta y nos arrastre, sino de aprender a ir con ella de la mano, a
obligarla a que nos permita respirar hondo y contar hasta diez cada vez que
sintamos que nos bloqueamos y distinguir lo importante de lo superfluo,
priorizando lo realmente urgente y demorando lo que puede esperar.
Aprender a trabajar bajo
presión de forma saludable no sólo es posible, sino que se hace imprescindible
para salir airosos de nuestro día a día en un mundo tan extremadamente complejo
y cambiante como el nuestro. Pero lo primero que debemos aprender es separar lo personal de lo profesional,
mentalizándonos de que hemos de poner los cinco sentidos en el trabajo, pero
también cuando estamos con la família, con los amigos o con nosotros mismos.
Vivir intensamente no es viajar mucho, ni tener muchas aventuras, ni destrozar
muchos corazones. Vivir intensamente es
estar al cien por cien en todo lo que sentimos, hacemos o pensamos. Es no dejar que se nos escape la vida
mientras pensamos en cómo vivirla. Encontrar un tiempo para cada faceta de
nuestra vida y aprender a fluir con cada cosa que hacemos como si en ese
momento no importase nada ni nadie más. Sólo así podremos con la presión y
evitaremos que ella pueda con nosotros.
Estrella Pisa
Psicóloga col. 13749
WOW!!! Estrella, estoy de acuerdo con lo que dices. Me viene a la mente, que el ser humano en la prehistoria tenía que tener desarrolladas estas capacidades de supervivencia en la naturaleza y que a poco de ir avanzando en la modernidad, esas facultades, se han ido perdiendo. De modo que, con la pandemia y la nueva normalidad a la que nos hemos visto sometidos, se han recuperado esas facultades para poder adaptarnos. El ser humano, es increíble. MUY BUEN POST, ESTRELLA.
ResponderEliminarHola Keren,
EliminarMuy acertado tu comentario. Siempre he pensado que los humanos somos capaces de dar el máximo de nosotros mismos precisamente cuando disponemos de menos recursos. Cuando la necesidad aprieta se nos agudiza el ingenio y salimos airosos de situaciones en las que nunca nos habríamos imaginado. En el fondo tenemos muchas más capacidades de las que nos reconocemos. Pero a veces nos cuesta tanto darnos cuenta de determinadas cosas...
Un muy fuerte abrazo y GRACIAS.
Como siempre, una excelente entrada. Hay un viejo dicho, "que Dios no nos mande lo que podemos resistir". Y es cierto. Nunca sabemos de lo que seremos capaces. Recuerdo ahora una fotografía recogida en "Life". No sé el lugar, creo que se trataba de Inglaterra. No lo recuerdo bien, pero me parece que era un matrimonio ya mayor. Ella calcetaba, me parece, él leía; lo hacían en su casa cuando caían las bombas en plena segunda guerra mundial.
ResponderEliminarTememos tantas cosas.. Y, sin embargo, como bien dices, lo real pone en su sitio lo fantasmático de esos miedos, dando lugar muchas veces a la aceptación en incluso a la valentía.
Comparto plenamente lo que comentas sobre el tele-trabajo. Espero,deseo, que, contariamente a lo que dicen tantos, no haya venido para quedarse, sino como algo transitorio.
Un abrazo
Hola Javier,
EliminarNo conocía este dicho que mencionas, pero me parece de lo más acertado. Siempre pensamos que nuestros límites están a punto de superarse, pero lo cierto es que somos mucho más flexibles de lo que nos gustaría reconocer. Y podemos con más presión y con más dolor. Porque nuestra mente es más fuerte que nuestros músculos y la voluntad acaba pesando más que las cargascemocionales que acarreamos sobre la espalda.
Espero que estés muy bien.
Un abrazo enorme y GRACIAS.