El Árbol de la Vida
Habituados
como estamos a buscarlo todo en internet y, antes de que éste existiera, en las
bibliotecas, podríamos pensar que toda la historia de la humanidad está documentada,
pero nos equivocaríamos del todo, pues solo tenemos conocimiento del extremo
más saliente de la punta del iceberg.
Cuando hablamos de la
historia de la humanidad nos centramos en fechas y hechos concretos, en restos
arqueológicos o en monumentos que aún se conservan, en libros que han logrado
sobrevivir a la oxidación del tiempo, en obras pictóricas que se han conservado
incrementando su valor de manera exponencial y en nombres de humanos que han
alcanzado la inmortalidad al convertirse en un referente durante siglos para el
resto de la especie.
Pero,
¿acaso el padre analfabeto del primer humano que empezó a dejar esa historia de
la humanidad por escrito, no era también humano? ¿Acaso los padres sedentarios
de los primeros aventureros no contribuyeron con sus genes a que sus hijos
ampliasen los puntos de mira del inconsciente colectivo que hasta entonces
nunca se había imaginado que podía haber más mundo del que veía a su alrededor?
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Primer árbol de la vida diseñado por el biólogo Ernst Haeckel en 1866, a partir de las ideas de Charles Darwin. Se trata de un árbol genealógico de las especies. |
El
eterno dilema de ¿quién fue primero, la
gallina o el huevo? se convierte en una especie de constante cuando nos
embarcamos en la aventura de tratar de descubrir nuestra propia historia como
humanos.
En
pleno siglo XIX, uno de esos aventureros resultó ser Charles Darwin, quien dedicó casi cinco años de su vida a realitzar
un viaje por mar a bordo del HMS Beagle.
Un viaje en el que no dejó de anotar todo lo que iba descubriendo en un pequeño
cuaderno con tapas de cuero.
En la sociedad de su
tiempo, se daba por sentada la estabilidad de las especies como base misma de
la historia natural.
Esta premisa no solo era defendida por el clero y los laicos piadosos, sino también
por los propios científicos. En el mundo existían todas las especies que
existían porque Dios las había creado así, este principio, conocido como la “hipótesis de la creación especial”
tenía que ser considerado inmutable e irrefutable. Darwin se había educado entre quienes lo abrazaban como un dogma de
fe, pero al regresar de su viaje por mares que le llevaron a territorios
desconocidos, tras descubrir toda la diversidad que detectó dentro de una misma
especie, su mente empezó a abrirse y a abrazar otras posibilidades que chocaban
constantemente con los principios y los dogmas en los que se había formado.
Partiendo
de las anotaciones de su cuaderno de viaje en el Beagle, Darwin quiso escribir algo así como un libro de viajes, para lo que
alternó diferentes cuadernos a los que distinguió con diferentes letras del
alfabeto. En el cuaderno A reflejó todo lo que hacía referencia a la geología
de cada lugar visitado. El cuaderno B fue el primero de una serie sobre algo
que llamó ”transmutación”. El
contenido de ese cuaderno le cambió la vida a él y acabaría cambiando la
concepción que hasta entonces se tenía del origen de nuestra propia especie.
Inició
este cuaderno B en julio de 1837 con frases alusivas al libro Zoonomia; or he Laws of Organic Life,
que era obra de su abuelo Erasmus Darwin.
Dicho libro era un tratado médico que contenía reflexiones un tanto provocativas
que ya esbozaban alguna teoría evolucionista. Según Erasmus Darwin, “todos los
animales de sangre caliente han surgido de un filamento viviente, y poseen la facultad
de seguir mejorando de maneras que pueden transmitirse de generación en
generación en un mundo sin fin”.
Estas
ideas generaron en la mente de su nieto una serie de preguntas en consonancia
con las que ya le habían sugerido sus propios descubrimientos durante el viaje
que acabaría cambiando su vida.
¿Es posible que una
especie mejore a través de las generaciones?
¿Es posible el cambio
hereditario a lo largo de la historia del mundo?
Ambas
hipótesis contradecían la hipótesis de la creación especial, pero no
sorprendían al joven Charles. Releer la obra de su abuelo le llevó a otras lecturas
y éstas a gestar nuevas especulaciones. Se preguntaba, por ejemplo, por qué la vida era tan corta y por qué era
tan importante la reproducción. Por qué los animales de un tipo tendían a ser
constantes en su forma en todo un país, pero diferían en islas separadas. Otra
de sus inquietudes era saber si cada
especie que cambiaba lograba progresar y cuáles serían los límites lógicos si
cada nuevo animal se ramificaba con diferentes tipos de mejora en la
organización, haciendo surgir nuevas formas y desaparecer las antiguas.
Tras
estos interrogantes, Darwin advirtió que había descubierto un patrón en el que
regía una especie de “ley de adaptación”.
Las
primeras 21 páginas de su cuaderno B están llenas de este tipo de hechos y especulaciones,
sin un orden concreto, como en un cajón de sastre donde iban a parar todas las
ideas inconexas que iban aflorando en su mente sin haber encontrado un hilo
conductor capaz de darles sentido en su conjunto. Necesitaba, tal vez, una metáfora
y la halló al final de la página 21, cuando escribió: “Los seres organizados representan un árbol”.
Mucho
ha llovido desde aquel primer árbol de la vida en el que pensó Darwin y desde aquel árbol filogenético que dibujó Ernst Haeckel hace 150 años. Mucho se les ha
elogiado a ambos, pero también se les ha criticado. Porque no es fácil aceptar que no
somos el ombligo del mundo, que ningún ente superior pudo crearnos a su imagen
y semejanza y que los humanos que somos ahora apenas tenemos nada que ver con
los humanos que nos precedieron. Tampoco los humanos que habiten este planeta
dentro de mil años (si es que aún resulta habitable y no le habremos hecho
volar por los aires por el impacto de toda nuestra basura y nuestra intransigencia)
se parecerán en nada a nosotros.
La teoría de Darwin, pese
a llegar a ser reconocida y aceptada por la comunidad científica, no ha dejado
de estar sujeta a refutaciones. Demostrándose
que, en algunos aspectos, estaba equivocada, mejorándose en muchos otros y
ampliándose a medida que los científicos que le sucedieron fueron descubriendo nuevos
datos, gracias a potentes microscopios y a la apertura de nuevas líneas de
investigación.
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David Quammen y su obra El árbol enmarañado. |
El
libro El árbol enmarañado, una nueva y
radical historia de la vida, del divulgador científico David Quammen vendría a ser a la historia de la biología lo mismo
que el ensayo El infinito en un junco
al mundo de los libros. Es una invitación a descubrir de dónde venimos, pasando
por las vidas de todos aquellos científicos que han contribuido a desenterrar
esos fragmentos de historia de nuestra especie. Como ocurrió con los que
hicieron posible la preservación de los libros en El infinito en un junco, los
científicos de los que se habla en El árbol enmarañado también sufrieron los
ataques de demasiados intransigentes. Desde el propio Darwin, a Haeckel, Woese o Margulis tuvieron que enfrentarse a una férrea ortodoxia que les
amenazaba con el desprestigio si se desviaban de los caminos oficiales. Pero
ellos se mantuvieron en sus trece y consiguieron arrojar un poco más de luz
allí donde solo había especulación y demasiadas tinieblas.
El
descubrimiento del ADN, que abrió la puerta al estudio del genoma humano, ha
puesto de manifiesto que somos como somos gracias, en parte, a un fenómeno
denominado endosimbiosis, que
defendió a ultranza Lynn Margulis.
Este fenómeno hizo posible que una bacteria nos permitiera desarrollar mitocondrias en nuestras células.
Hasta
no hace mucho, distinguíamos entre células
procariotas (sin núcleo) y células eucariotas
(las que tienen núcleo y en su interior bases nitrogenadas de ADN, que permiten
la reproducción). Las primeras
englobarían las bacterias. Nuestro organismo está lleno de ellas, sobre
todo en el tracto intestinal. Gracias a su acción nos mantenemos a salvo de
muchos patógenos que nos podrían causar demasiadas enfermedades. Pero, en algún
momento de nuestra evolución, estas bacterias debieron establecer algún tipo de
contacto más íntimo con nuestras células eucariotas, sentando las bases de lo
que serían las mitocondrias y mejorando considerablemente nuestros organismos
de humanos primitivos.
Si
Darwin había creído que la evolución
seguía un curso lineal y jerárquico, los científicos evolucionistas de hoy en
día abogan más por una estructura de
árbol enmarañado en el que unas especies no tienen por qué descender de
otras sino que pueden establecer relaciones de endosimbiosis gracias al traspasso
lateral de genes de un tipo de
organismo a otro.
En
el libro se habla de la resistencia a
los antibióticos que desarrollan con tanta facilidad los virus. Esta
resistencia no solo se debe al abuso que de este tipo de fármacos ha venido
haciendo la población general en las últimas décadas y a que estos antibióticos
acaben contaminando las aguas y todo lo que se acaba regando con ellas. Se
debe, en gran parte, a la capacidad de
transmisión lateral que tienen estas bacterias.
Se
relata el caso de un soldado inglés que murió en Francia durante la Primera
Guerra Mundial, por una cepa del virus de Shigella flexneri, que causa una
forma de disentería. Esta bacteria se transmite fácilmente por el agua y por alimentos
en mal estado. Muestras de sus tejidos infectados fueron estudiados en
laboratorio y se han custodiado hasta nuestros días bajo la etiqueta de NCTC1.
El análisis de estas muestras biológicas en la actualidad ha revelado que aquel
virus que le mató ya era resistente a los antibióticos cuando aún no se habían
inventado. En 1915 esta cepa ya era
resistente a la penicilina y a la eritromicina, que empezaron a utilizarse
contra infecciones humanas en 1942 y en 1952 respectivamente.
Este
descubrimiento es desconcertante y refleja que en la naturaleza existe la
resistencia a los antibióticos porque de hecho existen antibióticos en la naturaleza. Algunas bacterias producen
substancias antibióticas como armas naturales para utilizarlas en sus luchas competitivas
contra otras bacterias. Las resistencias también surgen de manera natural, como
un rasgo evolucionado, para defenderse de esas armas.
De
todo esto se podría deducir que nos creemos la especie más inteligente y
avanzada del planeta, pero lo que nos lleva a creerlo es precisamente nuestra
mucha ignorancia. Porque unos 2500 años de historia humana documentada no nos
dan derecho a desentendernos de la larga historia de 3500 millones años en que
lleva gestándose la vida en nuestro planeta, que a su vez no deja de ser un punto
apenas visible en la inmensidad inabarcable del universo.
Estrella
Pisa
Psicóloga
col. 13749
HOLA ESTRELLA, me ha gustado tu acertada publicación, no sé muy bien cómo averiguar qué fue primero, pero podríamos empezar con la naturaleza y los animales que tantas crueldades sufren. Ellos habitaban antes que nosotros, desde tiempos inmemoriales. ME HA GUSTADO MUCHO RESEÑA Y REFLEXIÓN. Un beso y un abrazo. comparto tu publicación porque me ha gustado mucho, con permiso. gracias.
ResponderEliminarMil gracias, Keren. Me alegro de que te haya gustado.
EliminarEspero que estés muy bien.
Un abrazo enorme.