Iguales y Diferentes
El artículo 14 de la
Constitución española afirma, de forma muy políticamente correcta, que “todos somos iguales ante la ley”. Como
acostumbra a pasar bastante a menudo en estas lides, una cosa es lo que se
plasma sobre un papel y otra muy distinta lo que se acaba materializando en la
realidad.
A veces defendemos la tesis de
que todos nacemos iguales y nos volvemos diferentes a medida que la experiencia
nos va esculpiendo con sus cinceles implacables. Pero, ¿nacemos realmente iguales?
A nivel físico y psicológico,
no todos los niños nacen sanos. Los hay que nacen enfermos y que lo seguirán
estando de por vida; otros nacen con deformaciones en alguna de sus
extremidades o con deficiencias sensoriales; otros con alteraciones en su carga
genética o en determinadas áreas cerebrales que condicionarán de por vida sus
relaciones interpersonales.
A nivel familiar y social, no
todos nacen contando con el amor incondicional y la protección de sus padres,
ni en un entorno de bienestar económico, ni en un país que les pueda prometer
un futuro digno. Los hay que nacen para ser abandonados en orfanatos o vendidos
para asegurar la supervivencia de sus hermanos; otros padecen precariedades de
todo tipo, no pudiendo acudir a la escuela y teniendo que trabajar para
contribuir al sustento familiar desde edades demasiado tempranas; otros
aprenden a hablar entre el estruendo de las bombas y las balas.
En
nuestra sociedad democrática que se vanagloria de definirse a sí misma como “la
sociedad del bienestar” muchos niños viven en condiciones pésimas, rodeados de
estímulos que no les auguran nada bueno. Si estos niños se comparan con
compañeros de clase que vivan en condiciones mucho más favorables, es evidente
que no pueden considerarlos “sus iguales”, porque se sienten a años luz de
ellos.
Lo mismo ocurre con los
adultos. Toda la vida han habido ricos y pobres y esa desigualdad social se ha instaurado entre ellos como un muro
descomunal que ha separado sus mundos en realidades completamente distintas.
Aunque, entre ambos mundos, también encontró su hueco un espacio denominado “clase
media” en el que trataron de acomodarse aquellos que, no siendo ricos, tampoco
eran muy pobres. Un sector de la población que tenía la suerte de tener trabajo
y casa, y de poder hacer frente a todas sus necesidades básicas sin demasiados
problemas.
A raíz de la crisis financiera que
asoló al mundo entero en 2008, ese espacio social conquistado por la clase media
ha ido perdiendo cada vez más territorio y el muro entre ricos y pobres se ha
ido elevando cada vez más. A costa del
esfuerzo y de los sueños de esas personas que integraban la clase media, los
ricos cada vez son más ricos y los pobres cada vez son más pobres.
Esa Constitución de la que
tanto se alardea en España y que data de la realidad, ya tan distante, de 1978,
¿está dispuesta a actualizar sus contenidos y a contemplar la nueva realidad
del país al que dice representar?
El artículo 14 de esa
Constitución no puede mantenerse ni ante la ley, ni ante los hombres y mujeres
de 2021. A menos que alguien decida ponerse manos a la obra y todos los
habitantes del país empiecen a tener realmente las mismas oportunidades, a
nivel de derechos y a nivel de obligaciones. Y esa propuesta, por desgracia, no
debe estar en la hoja de ruta de ningún gobierno. Tal vez porque los más desfavorecidos no son precisamente
los que ostentan el poder de mantener o derrocar a esos gobiernos. A los que
hay que tener contentos es siempre a los de arriba, que son quienes les dan de
comer. A los de abajo, con ignorarlos durante toda la legislatura y prometerles
una luna que saben de antemano que no llegará a brillar en medio de la noche
más cerrada, es más que suficiente.
Si la pobreza y la riqueza nos
separan en mundos irreconciliables, otros binomios nos ponen contra las cuerdas,
obligándonos a cuestionarnos si somos todos iguales o todos diferentes: La
enfermedad y la salud, la discapacidad y la capacidad, la piel negra y la piel blanca,
la izquierda y la derecha políticas, el norte y el sur, la heterosexualidad y
la homosexualidad son baremos en los que hemos de situarnos y tratar de
mantener un equilibrio como en una vieja balanza de dos brazos. Un prejuicio de
más o una tolerancia de menos puede decantar todo el peso hacia un extremo y
hacernos parecer más o menos enfermos de lo que podemos estar, más o menos
capaces de desempeñar nuestras funciones, más o menos xenófobos a la hora de
relacionarnos con los demás, más o menos progresistas o conservadores, más o
menos elitistas o más o menos homófobos.
Por
muy tolerantes y justos que pretendamos ser con todo el mundo, siempre
acabaremos molestando la sensibilidad de alguien.
Porque todos somos hijos de nuestros padres, pero también de las circunstancias
que hemos vivido cada uno. De todo lo que hemos aprendido en nuestra vida, bien
a partir de experiencias directas o a partir de los libros leídos, las películas
y documentales que hemos visto, los viajes realizados, los amigos que hemos ido
atesorando o los maestros que hemos tenido.
Todo ese bagaje nos ha
moldeado hasta ser quienes somos hoy, con nuestros aciertos y con nuestras
imperfecciones. No tenemos capacidad
para entenderlo todo ni comprender a todos. Entre otras cosas, porque no
hemos tenido que caminar con los mismos zapatos de cada persona con la que nos
hemos cruzado a lo largo de toda nuestra vida. Seguro que hemos sido injustos
con muchas de esas personas. Tal vez no intencionadamente, sino por total
desconocimiento de la causa de su situación o de su comportamiento.
Hasta
que la vida no nos muestra una realidad en carne propia, somos incapaces de
verla aunque nos hayamos estado cruzando durante años con personas que padecían
esa misma realidad.
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Astrid Fina Foto de Diario AS |
Así, para una persona que
conserve las dos piernas y los dos brazos, no tiene que resultar fácil entender
qué siente una persona como Astrid Fina,
que tuvo que acostumbrarse a vivir sin un pie y parte de su pierna a raíz de un
accidente de tráfico que sufrió cuando tenía 26 años.
Ella no sólo aprendió a
aceptar su nueva realidad, sino que tuvo el coraje de reinventarse empezando a
practicar snowboard en 2011, sólo dos años después del accidente. En 2014
participó en sus primeros Juegos Paralímpicos de invierno en Sochi (Rusia),
quedando sexta en su categoría, y en 2018 logró la medalla de bronce en los
Juegos Paralímpicos de Pyeongchang (Corea del sur). Un año después ganó otra
medalla, también de bronce, en el Campeonato del mundo de snowboard en
Finlandia.
Después de ocho temporadas de
duro entrenamiento al más alto nivel, Astrid
Fina decidió retirarse del mundo de la competición en 2020. Abanderada del snowboard paralímpico, se ha
convertido en una voz imprescindible para normalizar la discapacidad. Colabora con diferentes fundaciones, ofreciendo ponencias sobre su experiencia
que no dejan a nadie indiferente.
Ella es un ejemplo de que
perder una capacidad, lejos de limitarnos en nuestras expectativas de futuro,
puede abrirnos a oportunidades que ni siquiera nos hubiéramos planteado antes
de sufrir esa pérdida.
En 2021 se ha estrenado el
documental “Astrid”, que narra la
excepcional historia de superación de esta gran persona.
Todos
nacemos capacitados para algunas cosas y discapacitados para muchas otras, pero
los que tenemos la suerte de poder aparentar “normalidad” nos creemos con
derecho a etiquetar como “diferentes” a quienes se les nota especialmente
alguna de sus discapacidades.
Los prejuicios, los
sentimientos de pena, la falta de información o el miedo a no saber qué decir,
nos llevan a veces, sin pretenderlo, a no acercarnos a esas otras personas que
decidimos arbitrariamente que no tienen nada en común con nosotros ni con nuestras
“vidas normales”. Da igual si se trata de una persona con discapacidad, o de
alguien que viene de otro país, o tiene tendencias sexuales distintas a las
nuestras. El caso es que hacemos lo que
nos resulta más fácil: pasar de largo, mirar para otro lado, ignorar una
realidad por no atrevernos a reconocer que no la entendemos.
Las palabras, más que para
separarnos como en la Torre de Babel, deberían servirnos para preguntar eso que
no entendemos. Si el idioma es un problema, para algo existen los traductores.
Ahora incluso tenemos aplicaciones de móvil que nos pueden ayudar en ese
sentido. ¿Qué excusa tenemos para seguir
sintiéndonos tan diferentes unos de otros cuando, en realidad, somos tan
iguales?
Tal vez nos bastaría con
imitar a los niños que fuimos hace muchos años, cuando no entendíamos de color
de piel, ni de género, ni de cuerpos perfectos o imperfectos, ni de sueños
correctos o incorrectos. Cuando no se hacían preguntas incómodas y cualquier
recién llegado se convertía en un amigo. Qué sencilla era aquella vida de
cuando teníamos dos, tres o cuatro años... Qué sabio era aquel comportamiento
de acercamiento y de cooperación. Lástima que después entraran en juego la
competición, el nosotros o ellos, el eterno conmigo o contra mí.
Estrella Pisa
Psicóloga col. 13749
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