Programando Emociones
De niños nos enseñaron a creen en los Reyes Magos y nos manipulaban todo el año advirtiéndonos que, si no nos portábamos bien, ellos no nos dejarían regalos bajo el árbol de Navidad, sino un pedazo de carbón que, para colmo, era de azúcar y nos lo tendríamos que comer. Nuestro primer marrón.
Todo un año esperando la mágica Navidad para ver como, a nuestro alrededor, todo eran niños como nosotros escribiendo cartas para aquellos simpáticos Reyes Magos, y escaparates de tiendas mostrándonos aquellos ansiados sueños, a pocos centímetros de nuestras caras embobadas. La televisión no escatimaba en anuncios de juguetes, de turrones y de otras delicias culinarias, y los adultos de nuestro entorno no paraban de gastar en llenar las neveras, como si el mundo se fuese a terminar de un momento a otro. Luego llegaba la cuesta del mes de enero y las lamentaciones. También los kilos de más que arrastraban durante meses, porque en aquellos años lo de apuntarse a un gimnasio pasadas las fiestas aún no se había puesto de moda.
A muchos de los niños de ahora ya no se les engaña tan fácilmente y ya no le temen al carbón de azúcar. Ellos piden y piden y vuelven a pedir, porque se les educa para que crean que ellos lo valen, como el anuncio de L'Oreal.
Qué triste que, desde niño, te hagan creer que el reconocimiento a lo que eres se debe traducir en cosas materiales. Que te sientas frustrado porque no te hayan podido comprar todo lo que querías y, seguramente, no necesitabas,
Las personas somos demasiado complejas y nos pasamos la vida complicándonoslo todo y huyendo de lo esencial.
Malinterpretamos adrede las intenciones de los demás para con nosotros y desconfiamos de todo lo que parece bueno para rendirnos a los pies de lo que se nos antoja transgresor. Nos va la marcha y nos atraen los tipos duros y las "tías buenas" y sin pelos en la lengua, pero cuando nos dejan en la estacada, nos da por hacernos las víctimas y llorar por las esquinas, eludiendo todo ápice de responsabilidad en nuestra propia metedura de pata.
Tendríamos que aprender a ser consecuentes con cada una de las decisiones que tomamos en la vida. Porque nadie nos obliga a decidir lo que decidimos en cada momento. Los demás pueden intentar influirnos con sus opiniones o sus críticas, pero somos nosotros los que decidimos creerles o no creerles, obedecerles o contradecirlos, seguirles o tomar distintos caminos.
La vida solo pasa una vez y cada uno dispone de la suya para vivirla como quiera, al margen de los socavones que se pueda encontrar en el camino. Los problemas siempre van a ir surgiendo y vamos a tener que ir afrontándolos si queremos seguir adelante, pero lo que va a determinar que se solucionen de forma inteligente o se perpetúen en el tiempo va a ser nuestra actitud. Culpar a los demás de lo que nos pasa, de ninguna manera va a contribuir a mitigar nuestra situación.
La realidad solo puede cambiar cuando nos dignamos a cambiar nosotros. El mundo siempre es el mismo; la sociedad en la que hemos nacido y crecido siempre ha estado igual de polarizada, de enfrentada, de manipulada por unos y por otros. Pero, cuando se acerca la Navidad, parece que toda esa maquinaria de reproches, malentendidos y puñaladas por la espalda, se detiene en seco y todo se impregna de una calma que despierta emociones que hemos mantenido aletargadas todo el año.
Influenciados por los anuncios que pretenden hacernos creer que necesitamos como el comer todo lo que intentan vendernos ya desde antes de la semana del Black Friday, empezamos a pensar en la cena de Nochebuena, en las comidas previas con los compañeros del trabajo, en los regalos inútiles que compraremos para cumplir con el paripé del "amigo invisible", en qué regalarle a cada miembro de nuestras familias (aunque con muchos de ellos no crucemos una palabra el resto del año) y en ingeniar formas de disponer del dinero que nos va a costar todo eso, tirando de tarjeta de crédito o concienciándonos de que, en el mes de enero, vamos a tener que ayunar más de cuatro días.
Si hay algo bello en la Navidad es esa capacidad de emocionarnos que se nos despierta. Ese acercarnos a los demás para compartir unas horas o unos días de confidencias, de recuerdos compartidos o de sueños por cumplir. Lo triste es que, al entrar en el mes de enero, ya no nos acordemos más de todas esas personas por las que, solo días antes, creíamos poder darlo todo, y anestesiemos nuestras emociones hasta la próxima Navidad.
Esta fugacidad en nuestros sentimientos hacia los demás cuando se pasan estos días no es algo exclusivo de estos tiempos tan frenéticos en los que vivimos, pues ya en la Primera Guerra Mundial, en las trincheras del Marne, soldados ingleses y franceses decidieron dejar de matarse el día de Navidad, compartieron los escasos víveres de que disponían y disputaron un improvisado partido de fútbol entre los dos bandos. Pero, al día siguiente, reanudaron la guerra y siguieron matándose.
Así de maquiavélicos somos los humanos.
En los tiempos que corren, tememos la incursión en nuestras vidas de la inteligencia artificial y de los ordenadores y robots en general. No nos damos cuenta de que nuestras mentes son tan programables como ellos, ni de que, según la época o el momento del año que atravesamos, nos dejamos manipular para sentir de una forma o de otra, respondiendo de la forma que otros esperan que respondamos, para engrasar con nuestras respuestas la maquinaria de sus negocios y seguir vendiéndonos cualquier cosa al precio que les dé la gana, en función de la demanda. Podrían hacernos comprar una caja de aire si nos la envuelven en un llamativo papel de regalo con muchos brillos.
Si en Navidad somos capaces de descubrir puntos de encuentro con los demás y de construir puentes para salvar los abismos que nos separan, ¿por qué no vamos a ser capaces de hacerlo el resto del año?
Dicen que querer es poder. A veces para querer, primero hemos de creer que queremos y, si lo creemos, seguro que vamos a poder. Pero el problema, demasiadas veces, es que no sabemos ni lo que creemos, porque hemos perdido la fe en nosotros mismos y en los demás.
Estrella Pisa.
Psicóloga col. 13749






Hola Estrella, qué buena reflexión. Desde la necesidad de hacernos cargo de nuestras acciones y sus consecuencias hasta lo importante y deseable de mantener el "espíritu navideño" más allá de diciembre. Para pensarse con calma, gracias.
ResponderEliminarMuchas gracias, Ana.
EliminarSi nos atreviésemos a emocionarnos más y a mirarnos menos el propio ombligo, el mundo sería un lugar mejor.
Un abrazo enorme.
¡Hola Estrella! Muy atinados todos tus pensamientos, muy real lo que ocurre con todo el lío de compras innecesarias pero también hermoso que recuerdes ese "paréntesis" (maquiavélico) pero esos días de buenas vibras y buenos sentimientos, amor y paz. Porque yo veo a muchos que ya, ni eso. ¡Feliz Navidad! Como quiera que sea. Un abrazo para ti. 🎄🎄🎄
ResponderEliminarMuchas gracias, Maty.
EliminarMe alegra que te haya gustado.
Espero y deseo que estos días estén resultando muy emocionantes para ti y los tuyos.
Un abrazo enorme.
Qué reflexión tan lúcida y necesaria nos ofreces en estas fechas que ya se alejan, pero cuyo eco aún resuena. Partes de un recuerdo infantil —esa dulce manipulación de los Reyes Magos y el carbón de azúcar— para desembocar en una crítica serena y profunda sobre cómo la Navidad revela, año tras año, nuestras contradicciones más humanas. Me ha gustado especialmente cómo señalas la fugacidad de esa “calma emocional” que llega con diciembre: de pronto nos emocionamos, compartimos, construimos puentes… y, pasada la fiesta, volvemos a levantar murallas, a culpar a los demás, a dejarnos llevar por el consumismo frenético que empieza ya en el Black Friday y nos deja exhaustos en enero. El paralelismo con la tregua navideña de 1914 en las trincheras del Marne es contundente: soldados enemigos compartiendo víveres y jugando un partido de fútbol, para al día siguiente reanudar la matanza. Nos retrata con una claridad dolorosa: somos capaces de lo mejor y de lo peor, y a menudo elegimos lo segundo cuando pasa el hechizo de las luces y los villancicos. Tu denuncia del consumismo como programación emocional —esa idea de que nos venden hasta “una caja de aire” envuelta en papel brillante— es tan certera como triste. Y, sin embargo, el texto no se queda en la amargura: termina con una llamada a la responsabilidad personal, a creer de verdad en lo que queremos, a mantener esa capacidad de encuentro y de fe en los demás más allá del calendario. Un artículo que invita a mirarnos sin excusas, pero también con esperanza: si en Navidad logramos ser un poco mejores, ¿por qué no intentarlo el resto del año? Una lectura que deja poso y que, estoy seguro, muchos agradecerán haber encontrado en estos días de vuelta a la rutina.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo!
Muchísimas gracias por tan generoso y extenso comentario, Marcos. En sí mismo ya se podría considerar un artículo, más que un comentario.
EliminarCon lectores como tú, escribir siempre me resulta un ejercicio mucho más gratificante y esperanzador. Sentir que alguien capta al vuelo lo que has querido expresar es un regalo impagable.
Un abrazo enorme.