Boicotenado Sueños de Libertad

 

Al año nuevo siempre le hemos pedido que se vean cumplidos nuestros sueños. Que, por fin, seamos capaces de apuntarnos a ese gimnasio cuyas puertas no encontramos nunca, de madrugar cada día para tener tiempo que dedicar a todas esas cosas que siempre acabamos aplazando o para encontrar el coraje suficiente como para dejar ese trabajo que nos está desquiciando y aventurarnos a descubrir otras formas más constructivas de aprovechar nuestras propias vidas.

Son las aspiraciones de las personas que habitamos un mundo democrático, donde las reglas, pese a la corrupción que las contamina, consiguen mantener un equilibrio que nos permite seguir adelante con nuestras vidas sin armar demasiado alboroto, sin abandonar las formas que nos imprime el respeto hacia los demás ni consentir que nuestro ego nos convierta en salvajes despiadados que arrasen con todo a su paso.

Pero, lamentablemente, hay demasiados pueblos en este planeta cuyos sueños no son tan insubstanciales como los nuestros y cuyo sufrimiento va mucho más allá de nuestro hartazgo ante un sistema que falla un día y otro también. Hay demasiada gente en el mundo que siente que su vida no le pertenece, que está en manos de cuatro desquiciados que se permiten la osadía de decidir por ella y hacer de su vida un verdadero infierno de extorsiones, secuestros, abusos y exilio como única forma de conservar una vida rota. Quedarse en medio de todo ese horror es apostar por una muerte segura.

Imagen generada con Copilot.

Cuando millones de personas deciden atravesar un océano prácticamente con lo puesto para huir de su mundo conocido es que algo huele muy mal en ese mundo. Cuando miles y miles de personas, que acaban de ver cómo las bombas de sus vecinos han arrasado sus hogares y han matado a sus niños, a sus padres, a sus hermanos, a sus mujeres o a sus maridos, se echan a andar hacia un horizonte incierto, exponiéndose a ser un blanco perfecto de los aviones, los drones o los francotiradores que les tienen monitorizados en todo momento, algo huele muy mal en las mentes de sus perseguidores.

¿Qué clase de democracia puede regir en estados que promueven tanta barbarie?

Parece mentira que el que se autoproclama como el país de la libertad haya promovido y siga promoviendo tantas guerras, tanta manipulación, tanta exigencia de obediencia ciega en los pueblos invadidos.

¿Qué legitimidad puede tener un estado que, unilateralmente, decide derrocar al presidente de otro estado soberano, esposándolo, secuestrándolo, humillándolo ante la opinión pública como un trofeo de guerra y encarcelándolo en su país para juzgarlo bajo acusaciones que no ha acabado de probar?

Hoy nadie duda que Nicolás Maduro ha sido el peor enemigo que podía tener el pueblo de Venezuela. Personas como él nunca deberían haber llegado al poder, porque están corruptas desde su raíz, porque su discurso paranoico ha llevado a su pueblo a la ruina y a un régimen de horror, cuando había sido uno de los países más ricos de Latinoamérica. Pero hay formas y formas de hacer las cosas. Lo que acaba de hacer Trump es un atropello contra la democracia y contra el derecho internacional.

Por mucho que te incordie tu vecino, no tienes derecho a irrumpir en su casa, secuestrarle y proclamarte dueño y señor de su casa y de todo lo que haya en ella. Para algo está la comunidad de vecinos. Lo correcto es presentar una queja a su presidente y someter a votación qué se puede hacer para intentar que el vecino molesto se comporte de una forma más civilizada.

Si lo extrapolamos a la geopolítica, la organización de las Naciones Unidas debería ser un recurso al que acudir cuando dos países se encuentran al límite en sus relaciones diplomáticas. Antes de cruzar líneas rojas de forma unilateral, Naciones Unidas debería tomar las riendas y limitar la libertad de maniobra de los estados que la integran. Si no son capaces de pararle los pies a autócratas como Trump, Putin, Netanyahu, Maduro, Xi Jinping o Kim Jong-un, entre tantos otros que no son tan mediáticos, ¿para qué están entonces?

¿Por qué temen tanto a los más poderosos? ¿Hasta dónde van a permitir que estos egocéntricos forrados de dinero hagan con el mundo lo que les salga de sus diabólicos intereses?

¿Quién es Trump para imponerles a los venezolanos que sigan siendo gobernados por la mano derecha de Maduro, aunque sometida a sus propias directrices? ¿Para eso ha quitado de en medio a Maduro, para seguir dándole al pueblo más de lo mismo, pero ahora con el sello Trump?

¡Qué poco dura la alegría del que se cree rescatado de un infierno antes de darse cuenta de que acaba de caer en otro, que quizá sea mucho peor!

Estados Unidos nunca ha intervenido un país para salvar a ninguno de sus pueblos, sino para adueñarse de todo lo que ha podido y luego dejar a sus gentes en la estacada. Lo hizo en Irán, en Irak, en Afganistán y en tantos otros sitios. Lo está haciendo en Gaza y a saber lo que hará con Ucrania para cobrarse la abultada deuda que ha contraído con su país desde el inicio de la guerra. Veremos lo que hará en Venezuela y si sus amenazas hacia Colombia, Cuba y Groenlandia no acaban en otros sustos.

Tremendo desgraciado que no deja de encender fuegos allí donde pone su foco y luego pretende que le otorguen en Nobel de la paz. ¿Se puede ser más cínico?

Estas mentes tan ególatras nunca dan puntadas sin hilo y siempre mueren matando. La democracia, la libertad y el derecho los conciben sólo para sí mismos. Igual que pasaba en la antigua Roma, en los reinos visigodos, en los reinos de taifas, en los condados catalanes, en los reinos de Aragón y Castilla, en los emergentes estados europeos y en sus posteriores imperios. De todo ese pasado de señores con demasiada testosterona y de señoras maquiavélicas que antepusieron la sed de poder a la propia felicidad, surgieron las sociedades que habitamos ahora, arrastrando su misma corrupción y sus mismas artimañas. Cambian las formas de las palabras y de las armas, pero vienen a decir lo mismo y a infundir el mismo terror.

Algún día, cuando en la carta a los Reyes Magos, pidamos LIBERTAD, ¿nos la traerán?

Mientras nos dejemos gobernar por estos cuatro desquiciados a quienes les importamos menos que un rábano, la libertad no dejará de ser un sueño bonito, pero impregnado de utopía, y la democracia seguirá estando recluida y amordazada en las mazmorras de nuestro propio miedo.



Estrella Pisa

Psicóloga col. 13749



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