Encuentros en la Blogosfera

 

Este mes de febrero se cumplen diez años desde aquella primera sinapsis que dio origen a este blog.

Pese a que en los últimos tiempos mis posts en él se han ido reduciendo, nunca me he planteado cerrarlo, pues considero que le debo demasiado. Fue mi puerta de entrada al mundo de la blogosfera y, navegando por ella, he encontrado a muchas personas interesantes e increíblemente humanas. Cada una de esas personas me ha aportado conocimientos impagables que me han ayudado a seguir creciendo y a seguir atreviéndome a abrir nuevas puertas que ni siquiera intuía que existían. No enumeraré a todos esos compañeros y compañeras porque, seguro, me dejaría a alguien y me sentiría después muy mal por ello. Ellos y ellas saben quienes son y la importancia que han cobrado en mi vida.

El primer post de Sinaptando comparaba las sinapsis con las redes sociales. Ambas nos acercan a nuevos descubrimientos y, gracias a ellos, podemos seguir evolucionando como individuos y como especie. Nada seríamos sin el otro, empezando por nuestras madres, que nos soportan nueve meses en su vientre, nos alumbran con dolores insufribles y nos protegen durante el resto de sus vidas, aunque les demos tantos motivos para que dejen de hacerlo, y acabando por el resto de familiares, nuestros amigos, nuestros profesores, nuestra pareja, nuestros compañeros de trabajo e incluso nuestros jefes, porque si ellos no nos emplearan, ¿de qué viviríamos la mayoría de nosotros?

Imagen creada con IA. Inspirada en los rostros renacentistas que pintaba Leonardo da Vinci. Recrea esas sinapsis que nos hacen posibles, aunque tantas veces nos lleguen a hacer la vida imposible, por nuestra ceguera emocional, al conectarse entre ellas de forma equivocada, creyendo que hacen lo correcto.


A veces nos puede llegar a cegar tanto nuestro propio ego, que intentamos hacernos creer que podemos seguir adelante nosotros solos, sin la ayuda de nadie, sin formar parte de ningún equipo, sin implicarnos en metas conjuntas, sin compartir nada con nadie. ¡Qué ilusos! Como si fuese tan fácil cambiar nuestra propia naturaleza...

Los humanos somos animales sociales. No estamos hechos para estar solos, aunque, paradojas de la vida, muchos sociólogos, psicólogos y psiquiatras apunten que el mal de nuestro tiempo es la soledad.

Si volvemos a la comparación de la sinapsis con los encuentros entre personas, ya sea de forma directa cara a cara o de forma virtual a través de redes sociales, las personas seríamos equiparables a neuronas que se conectan entre ellas en una infinita red neuronal que abarca todo el universo mental. Si nos fijamos en el comportamiento de esas diminutas neuronas, veremos que su finalidad es disparar sus axones al encuentro de otras neuronas que pueden estar justo al lado o encontrarse en el otro extremo del cerebro o incluso en otros órganos o fibras del cuerpo. Cuando una de esas neuronas deja de conectarse a otras, deja de ser funcional y muere, porque el organismo humano es rigurosamente práctico: lo que no sirve, se desecha.

Las personas que se encierran en sí mismas, negándose a conocer a otras y a aprender cosas nuevas, insistiendo en que no necesitan a nadie para seguir adelante, tarde o temprano, también dejan de ser funcionales y la sociedad las acaba desechando, no ya por una cuestión de exclusión pura y dura, sino porque son esas personas las que deciden con su comportamiento dejar de formar parte de su comunidad.

En un mundo en constante transformación no podemos pretender quedarnos rezagados, escondiéndonos del mundo en nuestra burbuja particular, porque esta nos puede explotar en la cara en el momento que menos lo esperemos y dejarnos desvalidos ante una realidad que nos negamos a conocer, simplemente por la pereza que nos da desaprender parte de lo que un día aprendimos, pero ya no nos sirve, porque el mundo para el que fuimos educados ya no existe y el que tenemos delante de los ojos nos inspira un miedo que nos paraliza.

El miedo, ¡qué emoción más peculiar! ¿Cuántas cosas habremos dejado de hacer a lo largo de nuestra vida por ese dichoso miedo? Miedo a equivocarnos, miedo a que nos abandonen, miedo a jugárnosla y quedarnos sin nada, miedo a querer más de lo que otros nos quieran, miedo a fracasar, miedo a volar, miedo a ser quienes somos de verdad.

Una parte de nuestro cerebro, la más antigua, la tenemos en común con los reptiles. Se trata de ese cerebro reptiliano que nos empuja a atacar antes de arriesgarnos a ser atacados, obligándonos a vivir en modo supervivencia, con un ojo siempre abierto a la expectativa de lo que pueda pasar. A veces nos lleva a imaginar peligros allí donde nunca los ha habido, haciéndonos crear monstruos mucho más fieros y abominables que los monstruos de los que creemos huir en la realidad.

Esa parte de nuestro cerebro, si sucumbimos a su influencia, puede acabar gobernando el sentido de nuestra vida y limitando nuestros movimientos hasta el punto de no permitirnos desconectar en ningún momento, elevando nuestros niveles de cortisol hasta extremos nada saludables.

No se puede vivir con miedo, ni preocupados continuamente por lo que pueda pasar si hacemos determinada cosa o nos aventuramos a conectar con alguien que nuestro reptil particular nos advierte que no es de fiar.

Parece mentira la huella que puede dejar en nosotros una educación adoctrinadora... Como nuestros padres, las personas que pasamos de los cincuenta años fuimos educadas para sentirnos culpables de faltas que ni siquiera habíamos cometido. Amenazadas todos los días con el infierno, nos marcaban un camino del que no podíamos desviarnos si no queríamos acabar muy mal. Nos lo advertían personas que, supuestamente, habían seguido aquel buen camino, pero ellas no nos parecía en absoluto que hubiesen acabado muy bien, pues su descontento con las vidas que llevaban era descomunal. Entonces, ¿para qué seguir su ejemplo?

La vida no va de preocuparse, sino de OCUPARSE cuando realmente estamos ante un problema de verdad. Tampoco de mártires, sino de aventureros que le echen ganas, ilusión y coraje a todo lo que van encontrando por el camino.

Leí una vez en alguna parte que yendo solo puedes llegar más rápido, pero yendo acompañado llegarás más lejos. Porque dos cerebros procesan mucha más información que uno solo. Y esa información, una vez compartida, nos hace descubrir más puertas, nos abre más ventanas y nos señala muchos más horizontes posibles.

Mil gracias a todos y todas los que habéis visitado alguna vez Sinaptando. Mil gracias por vuestro valiosísimos comentarios y por vuestro enorme afecto. Pero, sobre todo, os quiero dar Mil gracias por todo lo que me habéis enseñado en vuestros respectivos blogs. Formando parte de esta blogosfera que nos acoge a todos y todas, me resulta imposible sentirme sola. Por el contrario, siento que mi mente está siempre conectada a las vuestras y liberando emociones sin pudor alguno.

Porque estar vivo es permitir que tus emociones te despierten cada día y te ayuden a ser un mejor ser humano contigo mismo y con todos los demás.




Estrella Pisa

Psicóloga col. 13749

Comentarios

Entradas Populares