Habitando Puentes con Mariposas
Abril es el mes de las rosas y de los libros. Dicen que también de la lluvia, aunque este año esta haya decidido caer en los meses anteriores, como no lo había hecho en mucho tiempo. Gracias al agua que, tan generosamente, ha caído, esta primavera está resultando un espectáculo de colores y aromas.
La vida se abre paso entre flores y mariposas. Y el 23 de abril, ver esas rosas entre tantos libros siempre es una fiesta que pocos se resisten a disfrutar.
Las letras se dan cita en las ramblas y en las calles, por las que discurren ríos de lectores buscando un título en concreto o dejarse sorprender por un amplio abanico de propuestas. La firma de ejemplares por los autores es otro aliciente para atraer más lectores y las fotos de rigor se multiplican a lo largo de una jornada que, para el sector editorial, representa un importante porcentaje de la facturación de todo el año.
Entre los libros que se ofertan en las paradas de Sant Jordi, no sólo podemos encontrar novelas, cuentos o poemarios. Afortunadamente, también nos podemos decantar por los libros de ensayo o de divulgación científica. Géneros que no suelen atraer tantas miradas, pero que en los últimos años, están abriéndose a nuevas voces que han sabido captar la atención de mucha gente.
Una de esas voces es la de Nazareth Castellanos, neurocientífica que ha logrado conectar con el público a base de apuntar directamente a sus emociones.
La ciencia nos acaba sirviendo a todos, pero acostumbra a utilizar un lenguaje demasiado técnico que la hace ininteligible para muchos de nosotros. Buena parte del éxito de Nazareth a la hora de conectar con sus lectores radica en su humildad y su sencillez. Ella no va de diva por la vida, ni tampoco de sabia repelente. Bien al contrario, se muestra como una persona cercana y amable. Tiene una capacidad innata de encontrar metáforas sencillas para explicar lo más complejo. Y la gente la entiende y se asombra con ella.
El título de su último libro, El puente donde habitan las mariposas, nos llevaría a pensar más en una novela juvenil o en un cuento para niños que en un ensayo de divulgación científica en el que vamos a leer muchas veces los nombres de Santiago Ramón y Cajal y Martin Heidegger.
Al primero le conocemos todos o casi todos, como el padre de las neuronas, a las que él hacía referencia, cariñosamente, como mariposas del alma.
El segundo nos resulta más desconocido, al tratarse de un filósofo alemán, que también escribía poesía. Considerado uno de los grandes filósofos del siglo XX. Nazareth Castellanos le cita en su libro en diferentes ocasiones, a raíz de la conferencia que este dio en 1951 Construir, habitar, pensar.
El puente donde habitan las mariposas no es un libro fácil de leer porque da mucho qué pensar. Centra su cometido en la respiración, pues según cómo respiremos acabaremos habitando nuestra propia vida o solo ocupándola de cualquier manera. Alberga en él muchas referencias a filósofos, científicos, poetas y otros tantos eruditos que, desde tiempos inmemoriales, se han preguntado el por qué de un montón de cosas que experimentamos habitualmente. Y, tal vez para hacer la lectura más amena, Nazareth comparte en sus páginas ciertas vivencias personales que acaban humanizando aún más su obra.
A diferencia de otros científicos, ella no nos larga un discurso plagado de tecnicismos que sólo entenderán o simularán entender los cuatro entendidos en la materia. Ella desciende a nuestra altura, esforzándose por hablar nuestro propio lenguaje y tira de anécdotas, de metáforas y hasta de humor, para hacernos entender lo que ella misma ha entendido a medida que escribía el libro. Pues reconoce que escribe para entenderse ella misma. Si luego resulta que, con su ejemplo, puede llegar a ayudar a otros, su éxito resultará doblemente satisfactorio.
El libro parte de una reflexión de Santiago Ramón y Cajal: "Podemos ser escultores de nuestro cerebro" y, a partir de esa premisa, desarrolla todo un abanico de revelaciones sorprendentes que nos permitirán entender mejor quienes somos y cómo podemos llegar a sentirnos más satisfechos con nosotros mismos, si es lo que pretendemos.
Podemos encontrar infinidad de anécdotas de personajes históricos, algunas más conocidas que otras. Por ejemplo, estas protagonizadas por Einstein:
Cuando un día se encontró con Charles Chaplin le dijo: "Tu arte es admirable. No dices una palabra y todo el mundo te entiende". A lo que Chaplin le contestó: "Lo tuyo es aún más admirable. Todo el mundo te admira y nadie te entiende".
En otra ocasión, cuando se encontró con Marilyn Monroe, esta le dijo: "Imagine, Señor Einstein, que usted y yo tenemos un hijo y sale tan inteligente como usted y tan guapo como yo". A lo que él le respondió: "¿Y si sale al revés?"
Según Nazareth Castellanos, somos museos desordenados que exhibimos y almacenamos las obras más destacadas de quienes nos han precedido y aquellas que hemos hecho con nuestras propias manos. Porque no nacemos como tablas rasas, sino que llegamos al mundo con un equipaje que no se ve, pero se siente y se va haciendo cada vez más presente a medida que maduramos. En ese equipaje no está solo nuestra carga genética sino también la forma de hacer y deshacer, pensar, sentir, percibir e interpretar la vida de nuestros progenitores y de todos nuestros ancestros. Muchas de las cargas que nos doblegan durante toda nuestra existencia, si lo pensamos bien, ni siquiera son nuestras. De ahí la importancia de desaprender lo que nos daña y aprender de nuevo a respirar y a habitarnos de una forma más sana y menos limitante.
Para Heidegger las personas somos como islas unidas por puentes, puentes que parten de dos orillas distintas. Dependiendo desde qué orilla nos unamos a otra persona, viviremos una experiencia u otra muy distinta. Cuando se trata de personas heridas emocionalmente, si se unen por las orillas de sus respectivas heridas, su relación estará destinada a ser un fracaso estrepitoso o un eternizado valle de lágrimas. Una persona es mucho más que su herida. Sus neuronas, si se les da permiso, pueden extender puentes hacia orillas más constructivas. Pero, para lograrlo, tenemos que entrenar nuestro cerebro de la misma manera que entrenamos nuestro cuerpo para que no se vuelva fofo e ingobernable. Al cerebro hay que aprender a detectarle las malas intenciones y mantenerlo a raya a base de obligarle a dejar de columpiarse en el drama.
También debemos permitirnos respirar y hacerlo correctamente: inspirando por la nariz y exhalando lentamente por la boca. Con ello nuestras neuronas se sincronizan mejor entre ellas. Las mariposas despliegan con más brío sus alas multicolores y se tienden más puentes por todo el universo cerebral, permitiéndonos habitar en ellos y experimentar realidades nuevas.
El conocimiento no está en las neuronas, sino en las conexiones que establecen entre ellas. Son esos puentes los que nos hacen seguir avanzando en la vida, animándonos a conectar con otras personas para seguir compartiendo aprendizajes en forma de memorias, emociones, disfrute, asombro o incluso silencio.
Los libros, sean del género que sean, cuando están bien escritos y sus letras nos resultan amenas, pueden provocar que se agiten las alas de nuestras mariposas mentales y nos hagan gritar aquel famoso ¡Eureka! con el que Arquímedes celebraba sus descubrimientos.
El puente donde habitan las mariposas es un regalo para los sentidos, una puerta por la que adentrarnos en la ciencia sin temor a no entenderla, porque en él la ciencia se hace humana y, en algunos párrafos, nos susurra en verso.
Estrella Pisa
Psicóloga col. 13749






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