Reinterpretando Equidistancias
Las palabras pueden llegar a ser muy peligrosas cuando se las usa sin consciencia. A todos nos gusta hablar, pero pecamos de escuchar muy poco, porque hablamos más para nosotros mismos que para los demás. Nos gusta reafirmarnos en nuestras convicciones y hacerlo en voz alta, pero luego no toleramos objecciones ni críticas cuando nos escuchan de verdad.
Nuestro gran mal es no dignarnos nunca a ponernos en la piel del otro y aferrarnos, de todo su discurso, a la única palabra que nos incomoda. No nos damos cuenta de que aquello que no soportamos de los demás es, posiblemente, lo mismo que los demás no toleran de nosotros. ¡Qué tremendamente absurdos podemos llegar a ser a veces...!
Ya lo cantaba Luis Eduardo Aute: "Ay, amor mío, ¡qué tremendamente absurdo es estar vivo...!
Las palabras, tan inocentes que parecen, pueden devenir obtusas y mortalmente hirientes como la afilada hoja de una espada samurai. Y eso que, bien usadas, esas mismas palabras pueden ser amables, hermosas y mágicas. Son como las notas musicales. Dependiendo de cómo las combinemos, partiendo de los mismos sonidos o las mismas alocuciones, podemos crear bellas historias o dramas de lo más trágicos.
Las palabras, en sí mismas, no ofenden ni matan. Pero a veces nos marcan desde niños, imponiéndonos una manera insana de utilizarlas. Sobre todo cuando intentan explicarnos el mundo del que formamos parte acudiendo al juego de los antónimos: "Puedes ser bueno o malo. Puedes ser amable o antipático. Puedes ser listo o torpe. Puedes ser de derechas o de izquierdas. Puedes estar conmigo o estar contra mí".
Si queremos de verdad entender el mundo y a las personas que lo habitan, examinarlo desde sus extremos no parece una opción muy inteligente.
La estadística nos enseña que, en cualquier variable que se pretenda medir, el grueso de la población muestral se va a concentrar en el centro. De ahí que se les dé tanta importancia a la media, la mediana y la moda. Si la ciencia matemática nos ha probado sobradamente este hecho, ¿por qué seguimos empeñados en decantarnos hacia los extremos?
En política, pretender combatir la extrema derecha con la extrema izquierda es como jugar a ver quién la tiene más grande, mientras los ciudadanos de a pie siguen batallando cada día en campo abierto contra sus miserias, sintiéndose desamparados ante una clase política que se ha perdido el respeto a sí misma y se lo ha perdido al pueblo que la eligió en unas urnas legítimas.
| Imagen creada con ChatGPT Los puentes unen, las murallas aíslan. |
Los extremos nunca pueden ser la solución a ningún problema porque se sitúan tan lejos de la media de la población que pierden la realidad de vista y no tienen idea de lo que predican ni de lo que persiguen.
La finalidad de un político no debería ser ocupar una silla y asegurarse de por vida unos ingresos que el resto de los ciudadanos no podemos soñar ni de lejos. Se supone que un político está al servicio de su pueblo y que debería hacer valer su influencia para solucionar problemas reales, no para crear otros nuevos y dedicar sus comparecencias en el congreso de los diputados a echar ingentes cantidades de mierda sobre sus adversarios, quizá para tapar su propia podedumbre humana.
Mantener en nómina a trescientas cincuenta personas, más los asesores que las asistan, para que no arreglen absolutamente nada, no parece una estrategia demasiado acertada. Para cualquier empresa privada, esta situación sería del todo inviable. ¿Por qué a la empresa más importante de España, que es su gobierno, se le permite entonces su continuidad?
El fracaso a la hora de aprobar los presupuestos generales o determinadas leyes que podrían favorecer a muchas personas de a pie, no es responsabilidad solo del equipo que gobierna, sino también de la oposición y de los partidos que se posicionan de un lado o del otro, según lo que puedan sacar a cambio.
El gobierno de un país no debería convertirse en una corrala de gallos, donde cada uno procura por sí mismo y se olvida obscenamente de los miles o incluso millones de personas que le han puesto ahí, confiando en que su gestión mejoraría la calidad de vida de todos.
Prometen el oro y el moro mientras están en campaña, pero cuando tocan poder, donde dije digo, digo Diego y que cada uno aguante su vela.
En los últimos tiempos, el miedo al auge de la extrema derecha se ha hecho eco, no solo en España, sino también en buena parte de Europa. En EEUU y argentina gobiernan dos extremistas que no paran de cometer errores tremendos que acabamos pagando muy caros en el resto del mundo. Es como un efecto dominó: Basta con que una pieza se incline hacia un extremo para que todas las que vienen a continuación se precipiten tras ellas hacia el desastre más absoluto.
Pero este miedo a la extrema derecha no implica que debamos abrazar la extrema izquierda, ni perdonar o cerrar los ojos ante las cosas que hace mal la izquierda. Cuando en los argumentos pesan más los reproches al adversario que los hechos acontecidos, algo huele muy mal en quienes nos están gobernando.
Se supone que son adultos, que deberían responder por sus errores con dignidad y no entorpecer el trabajo de la justicia a la hora de aclarar los hechos. No deberían comportarse como niños de párvulos peleándose en el patio del colegio porque unos de la otra clase les han quitado una piruleta.
Lo que está en juego aquí es mucho más serio que una golosina.
Si se han desviado fondos públicos para lujos particulares, ¿qué respuesta le pueden dar a los médicos o a los profesores que reclaman más manos y mejores condiciones laborales?
¿Qué respuesta le pueden dar a los enfermos que mueren estando en listas de espera o a los usuarios de trenes que no funcionan porque faltan maquinistas, porque hay gente que se dedica a robar el cobre de las catenarias y nadie endurece las leyes para que esto deje de ocurrir o porque no se ha hecho el mantenimiento que requerían las infraestructuras durante años?
¿Cuánta gente más ha de morir en accidentes ferroviarios o en tramos negros de carreteras en las que lleva años sin invertirse para que alguien se ponga las pilas y empiece a depurar responsabilidades?
Estos problemas no son un tema de derechas o de izquierdas. Los sufrimos todos. Y la solución no son buenas palabras, sino hechos consumados.
Da igual quién gobierne, siempre que se dedique a lo que se deba dedicar.
Dejémonos de polarizaciones absurdas, de historias de buenos y malos, de tiempos mejores y peores.
Dejemos de votar a unas siglas y empecemos a votar por PERSONAS. Personas que se comprometan a buscar y encontrar soluciones viables. PERSONAS que respeten y se respeten, que no entren al trapo tirando de insulto fácil y de golpes de teatro. El congreso de los diputados no es un circo ni tampoco el club de la comedia. Es un espacio para darle voz a quienes no pueden hacerse oír, para estudiar problemas y buscarles remedio, para elaborar proyectos de ley que hagan más justa la convivencia entre todos. Un lugar de encuentro y no un refugio para los desencuentros. Un conjunto de miradas dispares para ponerlas en valor y fusionarlas en el punto de mira más adecuado a la hora de decidir hacia dónde queremos que vaya este país.
Un buen político debería tener, ante todo, altura de miras. Saber ver más allá de lo que tiene delante. Actuar como un faro en lugar de esconderse en los búnqueres, mientras su pueblo perece bajo las bombas en primera línea de fuego.
Si los trescientos cincuenta políticos que nos representan a los españoles en el congreso fuesen un poco inteligentes y de verdad quisieran combatir los extremos, lo que deberían hacer es olvidarse de sus diferencias y construir puentes sobre aquello que les une, que de seguro es mucho más de lo que imaginan. Si lograsen este reto, se podrían plantear, en una próxima legislatura, gobernar en coalición los dos partidos que octuviesen más votos en las urnas. Es igual si uno es de derechas y otro de izquierdas. Por extraño que resulte, siempre ofrecerá más garantías a los ciudadanos que una legislatura conformada por un gran partido y siete u ocho más formaciones políticas, cada una en un extremo y con unos intereses bien distintos. Ese tipo de gobiernos, que son los últimos que hemos tenido, acaban sumiendo al país en la ruina y en el más absoluto de los desconciertos.
Reinterpretemos la equidistancia. Cambiémosle el sentido. No tiene por qué significar no mojarse, no definirse o pecar de cobarde o de chaquetero. De lo que se trata es de pensar con perspectiva y no desde el sentimentalismo o el apego a determinadas siglas.
Si queremos que este país avance y lo haga en la dirección óptima, tenemos que dejarnos de tanta tontería y pensar con la cabeza, procurando el bien de todos.
La guerra acabó hace casi noventa años. Ya es hora que dejemos de jugar a los rojos y a los nacionales. Apostemos por todos nosotros, pensemos lo que pensemos, y unamos nuestras fuerzas para hacer de este país un lugar que salga en los periódicos por las grandes cosas que sus gentes consiguen y no por las broncas de sus políticos.
Estrella Pisa.
Psicóloga col. 13749





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