Plantando Verde Esperanza

Los veranos cada año son más cálidos y el riesgo de incendios se incrementa exponencialmente, alimentado por una fuerzas de la naturaleza adversas, pero también por la mala intención o las imprudencias de unos cuantos.

España arde cada verano, por más campañas de advertencia que se hagan y más acciones preventivas que se intenten llevar a cabo desde las instituciones. El calor asfixiante y la falta de zonas verdes en barrios donde imperan el cemento y el asfalto, nos llevan a encerrarnos a oscuras junto al ventilador o los aparatos de aire acondicionado, o a huir despavoridos hacia las playas, los ríos o los lagos.

La tierra se resiente bajo el sol y con ella todos los organismos vivos notan como se les agostan las fuerzas. El agua se convierte en un oasis del que no podemos apartarnos en todo el día y la sombra de los árboles en un bálsamo escaso y muy cotizado.

En días tan asfixiantes, la lectura se convierte en un recurso extraordinario que nos permite evadirnos de todo ese bochorno sumergiéndonos en otros mundos y otras realidades.

Si los árboles son imprescindibles para hacernos la vida un poco más confortable en este planeta Tierra - que es la casa de todos- , los libros son como ventanas abiertas que nos invitan a emprender el vuelo y descubrir lo que aún no sabemos de un montón de cosas que nos pueden ayudar a entendernos mejor y a ser más conscientes de lo que ocurre a nuestro alrededor.




Hace unos días descubrí un libro que me ha tenido atrapada entre sus páginas toda esta semana. Se trata La mente bien ajardinada, de la psiquiatra inglesa Sue Stuart-Smith.


¿Alguna vez se nos ha ocurrido comparar la mente con un jardín?

Los seres humanos, como el resto de animales y de plantas, no dejamos de ser productos de la naturaleza. Una naturaleza que comparte un pasado común: el agua y las células procariotas.

Antes de ser otra cosa, fuimos agua y bacterias balanceándonos en lagos y mares primigenios. Todas las formas de vida surgieron de ahí y empezaron a desarrollarse, igual que se desarrollan las semillas en los parterres de un jardín.

Si analizamos una muestra cerebral en el microscopio, la imagen de las neuronas sinaptando ente ellas, con sus axones y sus dendritas, nos recordará a las ramas de un árbol cuando, en invierno, quedan despojadas de todas sus hojas. En la naturaleza las formas tienen a repetirse en sus distintas variedades de organismos vivos, respondiendo a unas proporciones exactas, tal como nos han demostrado las matemáticas (la proporción aurea), la física, la química o la botánica.

Los jardines, como los libros, también son como ventanas que nos abren un abanico de nuevas posibilidades. Solo tenemos que dejarnos llevar y adentrarnos en ellos, sin otro propósito que el de desconectar de todo aquello que nos somete a unas dosis de presión que, en ocasiones, se nos antojan insoportables.

Las personas que vivimos en zonas urbanas, al igual que el planeta, estamos llegando a un punto de casi no retorno. Nos pasamos el día corriendo para llegar tarde a todas partes. Anteponiendo mil cosas superfluas a lo que de verdad nos apetecería hacer. Y, cuando contamos con días libres, para vivir esas experiencias que nos ayudarían a reponernos, se da la paradoja de que estamos agotados y acabamos desistiendo. El sofá nos gana la partida y la comida rápida acaba haciendo el resto. No nos queremos dar cuenta, pero estamos permitiendo que la vida nos pase por encima, sin contar con nosotros.

Nunca antes en la historia había habido tantas personas con problemas de obesidad, de diabetes, de enfermedades intestinales crónicas, de cáncer, de cardiopatías, de insuficiencia renal o de alergias e intolerancias alimentarias. Tampoco las había habido con bajas médicas de tan larga duración por ansiedad, depresión o trastornos alimentarios.

En un mundo globalizado, en el que ya parece no haber distancias, y con un desarrollo científico y tecnológico de lo más avanzados, ¿cómo es posible que las personas cada vez se sientan más enfermas y más solas?

La respuesta es más sencilla de lo que parece: Nos estamos deshumanizando.

Nos estamos alejando de la peculiaridad que, hace más de un millón de años, nos convirtió en humanos: nuestra capacidad para relacionarnos los unos con los otros.

Nuestros encuentros con los demás tienden a distanciarse cada vez más. Hablamos poco, incluso con aquellos que más nos importan. En tiempos en que el teléfono era un privilegio de los pocos que se lo podían permitir, las cartas eran el medio al que las personas recurrían para mantener el contacto con los familiares o los amigos que vivían lejos. Cuando el teléfono dejó de ser un lujo para convertirse en algo cotidiano en la mayoría de los hogares, las cartas quedaron relegadas para dar paso a las llamadas, aunque estas tendían a ser cortas, pues se cobraban por minutos.

Llegados los años noventa, el teléfono fijo empezó a perder protagonismo para cedérselo a los teléfonos móviles, aunque las llamadas seguían tarificándose por minutos. Con la irrupción de los teléfonos inteligentes, hacia el final de la década del 2000, y la implantación de las tarifas planas y el whatsapp unos años más tarde, llamar por teléfono se convirtió en un recurso de lo más asequible, pero ahora resulta que la gente apenas hace llamadas. Todo se limita a mensajes de whatsapp, fotos en el estado y likes en redes sociales.

Nunca habíamos estado tan cerca unos de otros y, en cambio, nos sentimos más alejados que nunca los unos de los otros. Esta frialdad en las relaciones, este modo de comunicarnos únicamente a través de pantallas y esta superficialidad enfermiza nos llevan a enfermarnos de verdad.

Desde la psicología y la psiquiatría se lleva décadas investigando cómo hacer para que las personas reconecten con ellas mismas cuando se sienten ante lo que el psiquiatra Viktor Frankl ya definió como "el vacío existencial". Un vacío al que llegamos cuando sentimos que ya no podemos con nuestra vida, que nada en ella ha resultado ser lo que habríamos esperado.

A lo largo de las páginas de La mente bien ajardinada, nos encontramos con algunos de estos psiquiatras, que tuvieron la idea común de pensar en los jardines como un recurso terapéutico para tratar a sus pacientes. Figuras como Sigmund Freud, Oliver Sacks o Donald Winnicot nos muestran su lado más humano y nos comparten sus experiencias, tanto personales como las de algunos de sus pacientes.

Las personas nos acercamos a los jardines buscando refugio al mundanal ruido. Sus colores vivos, sus sombras y sus aromas nos permiten centrarnos en el aquí y el ahora, relajándonos los sentidos y aflojando toda la presión que arrastramos como una condena.

Pero el libro La mente bien ajardinada no va solo del efecto que nos produce contemplar un jardín. También va de crear huertos y jardines desde cero en cooperación con otras personas. A diferencia de otras aficiones como podría ser acudir al gimnasio, tocar un instrumento musical o ir al cine, ocuparse de un jardín o de un huerto implica aceptar una responsabilidad para con esas plantas que te propones cultivar. Primero hay que preparar la tierra, despejando las piedras, arrancando la maleza y abonándola. Después hay que sembrar las semillas o los esquejes, mantener a raya las posibles plagas y regarlas. Luego hay que preservar los brotes jóvenes de las inclemencias del tiempo y trasplantarlos a parterres o macetas donde sus raíces puedan expandirse con más libertad y las plantas puedan crecer más vigorosas. Las flores o los frutos serán la recompensa a tantas horas previas de trabajo. Pero una satisfacción mayor nos embargará: el orgullo de haber conseguido algo tan bello con nuestras propias manos.

La mente humana es como un jardín, en el sentido de que, para llegar a vernos convertidos en nuestra mejor versión, hemos de aprender a podar todo aquello que nos hace crecer en la dirección equivocada y empezar a cavar y a sembrar por parcelas de tierra nuevas, cultivando formas más positivas de pensar, acercándonos a personas que nos sumen en lugar de restarnos y aprendiendo a dejarnos llevar por lo que hoy nos inspira la vida.

Ante una depresión, prescribirle a quien la padece diferentes fármacos que le anestesien las emociones durante unas horas, es como ponerle un parche sin curarle primero la herida. Nunca se va a curar, porque nunca va a descubrir de dónde viene su problema. En cambio, si le mostramos la suficiente empatía como para dejar que se abra a nosotros y nos empiece a contar lo que necesite contar, tal vez podamos llegar a intuir el camino que podría llevarla de regreso a la confianza que ha perdido en sí misma y en el resto de las personas.

Los jardines y los huertos han sido y siguen siendo el camino que ha llevado de regreso a sí mismas a muchas personas en todo el mundo. Personas que se han desesperado; que han perdido las ganas y la fuerza; que se han roto física o psicológicamente; que se han empezado a cuestionar el sentido de su existencia; que han acabado ingresadas en centros de salud mental con diagnósticos no siempre acertados; que han estado ingresadas en centros penitenciarios por errores que lamentan haber cometido; personas que se han sentido muy solas e incomprendidas en hospitales demasiado asépticos e impersonales mientras se recuperaban de una intervención quirúrgica o de una afección grave o personas que, estando muy próximas a la muerte, han querido mantenerse muy cerca de su jardín, como le ocurrió al propio Freud.

Las plantas tienen el poder de humanizar cualquier estancia interior o espacio exterior. El verde nos atrae y nos conecta con nuestra esencia más íntima. Como las plantas, somos en gran parte agua y el agua siempre busca la manera de llegar al mar.

Sorprende leer en uno de los capítulos de La mente bien ajardinada que durante la Primera Guerra Mundial, mientras los soldados ingleses luchaban en las trincheras de Francia contra los alemanes, sacaban tiempo de donde podían para cultivar jardines entre el barro. Los médicos procuraban que los heridos pudiesen ver desde sus camillas las flores que conseguían cultivar. Era una manera de infundirles esperanza.

Más de cien años después, en España tenemos una presentadora que no ha necesitado morirse para convertirse en una leyenda del periodismo de este país, Mercedes Milà. En su nuevo programa entrevista a sus invitados en diferentes jardines distribuidos por toda España. "Me meto en un jardín", es una invitación a descubrir el lado más humano de sus entrevistados y de ella misma, al tiempo que nos regala imágenes impagables de rincones espléndidos que merece mucho la pena intentar conocer.

Volvamos sin miedo a ensuciarnos los dedos de tierra y cultivemos, en la medida que nos sea posible, todo lo que se nos ocurra. Es igual que vivamos en un pequeño piso o en una casa con jardín. Para unas cuantas macetas con flores o con hierbas aromáticas siempre podemos encontrar un sitio. Ya sea en una ventana o en un pequeño balcón, las flores contribuirán a que nos sintamos más conectados con la tierra que nos acoge. Cuidarlas nos permitirá cuidarnos un poco mejor a nosotros mismos. Seguir su transformación constante a lo largo de las estaciones nos dará una perspectiva mucho más amplia del verdadero sentido de la vida. Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos, pero los humanos, a diferencia de las flores, no somos tan efímeros. Podemos vivir muchas primaveras y disfrutar de muchos renaceres de nuestras plantas.

Las flores nos enseñan el valor que tiene saber esperar el momento de las cosas que nos importan de verdad. Nuestro mejor momento puede ser ahora mismo. No lo malgastemos, no dejemos que pase sin más. Disfrutémoslo, permitámonos fluir con él, hagámoslo posible.



Estrella Pisa.

Psicóloga col. 13749.


Comentarios

  1. Hola, Estrella, pedazo de reseña te has marcado, muy bien amueblada o ajardinada o como quieras llamarla. Me ha gustado mucho. Y muchas frases de las que has puesto me han sugerido instantes, emociones, reflexiones que hay que hacer. Me lo apuntaré en mi lista infinita de libros por leer. Por cierto, la introducción a la reseña también de diez.
    Un abrazo. :)

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    1. Me alegra que te haya gustado el post, Merche.
      El libro a mí me ha maravillado. Lo que apunto en la reseña es una mínima parte de todo lo bueno que he descubierto en él. Creo que te encantará.
      Un abrazo enorme y mil gracias por estar ahí siempre.

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