Cultura de Proximidad
El mundo de la moda siempre ha tenido una forma muy curiosa de marcarle a la gente por dónde debe de ir. Hasta hace unas décadas lo asociábamos a la ropa, pero ahora parece haberse extendido hasta nuestra forma de comer, de hablar o incluso de pensar.
Algo tan superficial como el deseo de tener una prenda de vestir o unos zapatos de determinada marca se ha ido colando en el mundo de los perfumes, los coches, los relojes, las joyas y también, cómo no, en cualquier forma en la que se manifieste el arte.
Basta que un influencer con millones de seguidores en sus redes promocione un determinado libro o un artista concreto, para que se pongan de moda y todo el mundo empiece a leerlo o a escucharlo, aunque al principio esas letras o esas notas le tengan que entrar con calzador. ¿Nos hemos parado a pensar alguna vez si a esas personas que nos venden las bondades del producto que publicitan les gusta realmente? Un influencer se gana la vida gracias a esas marcas que promociona en sus redes. Desde el momento en que le pagan por los contenidos que subes, está obligada a hablar bien de esas marcas, pero eso no implica que su opinión no pueda ser la contraria.
Lo mismo ocurre con los espacios publicitarios de los medios de comunicación. Son su forma de financiarse. Sin los ingresos que les proporcionan las marcas, ni seguir haciendo programas de presupuesto millonario.
Unos y otros juegan con nosotros para convencernos de que compremos cosas que no necesitamos, pero de las que ya parece que no podemos prescindir. Porque si no vestimos de determinada manera, no escuchamos determinada música y no leemos a determinados autores, simplemente quedamos fuera de la rueda y expuestos al ostracismo.
¿Tiene algún sentido que, para que algunos se forren, nosotros acabemos sintiéndonos cada vez más pobres y ninguneados?
¿Tiene alguna lógica que muchos jóvenes y no tan jóvenes se quejen de que no puedan acceder a una vivienda, pero luego se recorran medio mapa de España para acudir en masa a macro conciertos cuyo precio de las entrada rebasa los límites del sentido común?
¿Acaso todos los artistas que facturan millones podríamos considerarlos, en verdad, estrellas y los que tocan en verbenas y en eventos de poca envergadura, mediocres?
La música, como la literatura, la pintura o cualquier otra manifestación artística, no puede ni debe valorarse por las cifras monetarias que genera, sino por las emociones que es capaz de arrancarle a quienes la escuchan, la leen o la admiran.
Liza Wuyts y Carles Bech conforman un dueto magnífico. Ella tiene una voz única y una sensibilidad artística que se balancea en lo sublime. Él lleva toda su vida tocando la guitarra, en cuartetos de jazz y, desde hace unos siete años, acompañando a Liza en un viaje por las mejores bandas sonoras de la historia del cine, versionando cada tema con esmero y cuidando cada detalle al milímetro.
Ambos son muy perfeccionistas y muy autocríticos. Les apasiona lo que hacen y se entregan a su arte con mimo y con deleite.
Verles sobre un escenario es un verdadero regalo para los sentidos.
Sus escenarios no se parecen en nada a esos otros que nos enseñan por la televisión de esos artistas que están de moda, que llenan estadios y que han de poner pantallas gigantes para que el público les pueda llegar a intuir, porque no se les ve. Los escenarios de Liza y Carlos son enclaves que inspiran mucha magia y permiten que los asistentes a sus conciertos les vean en todo momento y vibren con cada nota. Ellos actúan en plazas mayores de pueblos con encanto, en claustros de antiguos conventos, en parques y jardines, o en recintos arqueológicos donde las piedras escuchan mientras las hojas de los árboles aplauden en silencio.
Ellos no buscan estar de moda, porque nunca han necesitado alcanzar la fama para brillar con su propia luz.
Tienen un canal en Youtube: Liza Wuyts & Bech
Concha Mateo es una escritora maravillosa. Después de haber participado en antologías de relatos con otras autoras y de haber publicado la novela Miradas desde el puente, entre otras que ha ido autopublicando, el año pasado consiguió el accésit en los Premios Daga Negra con la novela Una flor morada.
Pese a su genialidad a la hora de idear tramas y personajes tan potentes que nos da la sensación de haberlos conocido de toda la vida, Concha no figura en las recomendaciones de esas o esos influencers que sólo hablan bien de las obras de aquellos o aquellas que pueden pagarles. Sus novelas no llegan al gran público, tal vez porque el gran público no se atreve a pensar por sí mismo, a aventurarse a descubrir las letras de autores poco conocidos, de arriesgarse a salirse de la senda que marcan los "buenos entendidos". Si lo hicieran y una novela de Concha Mateo acabase en sus manos se sentirían como sibaritas, porque sus letras no son para cualquiera, sino únicamente para aquellos que sepan apreciar lo que es bueno de verdad.
Liza Wyts, Carles Bech y Concha Mateo son solo tres ejemplos de una cultura alternativa que merece mucho la pena explorar y disfrutar; pero como ellos hay muchos más. En cada pueblo, en cada ciudad, en cada rincón el arte florece y sus flores y frutos pueden despertarnos los sentidos con mayor intensidad. Si abogamos por consumir productos de kilómetro cero cuando hablamos de comida y de artículos de primera necesidad, ¿por qué no hacer lo mismo con el arte? ¿Por qué no consumir cultura de proximidad?
Estrella Pisa
Psicóloga col. 13749







Hola, Estrella.
ResponderEliminarMe alegro mucho de leerte y saludarte.
Tienes razón, la cultura gremial o de proximidad nos lleva por un sendero diferente, muy alejado de la cultura del éxito inmediato y financiado, muchas veces, por monopolios y lobbies que detentan el poder en muchos estratos sociales, culturales, mediáticos, económicos e ideológicos. Saber rodearse de un arte nada pecuniario ni propenso al beneficio millonario es una oportunidad enriquecedora que compensa en otras facetas de la vida. Muy necesario apoyar al artista por sus concepciones reales y realistas. Muy buen post. Comparto tu parecer.
Un abrazo